Mostrando entradas con la etiqueta Hijos de su madre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hijos de su madre. Mostrar todas las entradas

El Caballero de la Espuela Dorada



Todos los imperios necesitan héroes propios, y España no fue una excepción. Cuando la unión de los reinos hispánicos dio origen al imperio militar que disputó la hegemonía de Europa en los siglos XVI y XVII, los españoles se percataron de que los personajes clásicos, sobre todo griegos y romanos, ya no servían para hablar de la heroicidad y el sacrificio. Se necesitaban urgentemente héroes nacionales. Fue así como a finales del siglo XV se impuso en el imaginario colectivo una generación de personajes heroicos a medio camino entre la historia y la leyenda. Una muestra de esta hornada de héroes modernos es Diego García de Paredes, «el Sansón extremeño», así como el hombre al que siguió con devoción en sus campañas, Gonzalo Fernández de Córdoba, el «Gran Capitán».

Diego García de Paredes nació en Trujillo en torno al año 1468. Y poco se sabe de su infancia y juventud más allá de que aprendió a escribir y leer, pese a que ya entonces se inclinaba claramente por el oficio de las armas. Los historiadores no se ponen de acuerdo en sí participó o no en la Guerra de Granada, que terminó con la rendición final de 1492. Pero de lo que no cabe duda es que en 1496, tras el fallecimiento en Trujillo de su madre, Diego García de Paredes ya se encontraba en Italia buscando fortuna como soldado. En ese momento,Gonzalo Fernández de Córdoba combatía en Nápoles contra las ambiciones francesas de anexionarse este reino, tradicionalmente bajo la esfera de Aragón. Sin embargo, la actividad militar estaba parada a la llegada de García de Paredes, quien decidió desplazarse a Roma para ofrecerse como guardia del Papa Alejandro VI, de origen español.

Según relata Antonio Rodríguez Villa en «Crónicas del Gran Capitán», el Papa accedió a contratar al extremeño tras presenciar por casualidad como Diego García de Paredes se impuso en una disputa callejera contra un grupo de más de veinte italianos. Armado solamente con una barra de hierro, el soldado español destrozó a todos sus rivales, que habían echado mano de las espadas, «matando cinco, hiriendo a diez, y dejando a los demás bien maltratados y fuera de combate».Alejandro VI, asombrado por la fuerza del extremeño, le nombró miembro de su escolta.

Nace la leyenda hercúlea en Cefalonia
Bien puede tratarse de una exageración de lo que realmente ocurrió, como la mayoría de sus hazañas, pero lo cierto es que Diego García de Paredes adquirió rápidamente gran fama como espadachín en Italia. Tras matar durante un duelo a un capitán italiano de la confianza de los Borgia, el extremeño pasó a los servicios del Duque de Urbino, una de las familias rivales del Pontífice. No en vano, su tiempo como soldado a sueldo quedó aparcado cuando el «Gran Capitán» reclamó hombres para recuperar Cefalonia, una ciudad de Grecia que había sido arrebatada por los turcos a la República de Venecia. Durante el interminable asedio a esta localidad, los turcos usaron un garfio para elevar a Diego García al interior de su muralla. Una práctica muy habitual en los asedios de la época, que era posible gracias a una máquina provista de garfios que los españoles llamaban «lobos», con los cuales aferraban a los soldados por la armadura y los lanzaban contra la muralla.

El «gigante extremeño» consiguió zafarse de las ataduras en lo alto de la fortificación y resistió el ataque de los otomanos durante tres días, donde a cada instante «parecía que le aumentaba las fuerzas con la dificultad». Una vez reducido, los turcos respetaron la vida del extremeño con la intención de usarlo para el intercambio de prisioneros. No en vano, el soldado español escapó por su propio pie y se unió al combate, poco antes de la rendición turca. Fue aquella gesta el origen de su leyenda y cuando comenzó a ser conocido como, entre otros apodos, «el Sansón de Extremadura», «el gigante de fuerzas bíblicas» y «El Hércules de España».

Ya convertido en un mito andante, Diego García se reincorporó a los ejércitos del Papa a principios de 1501. César Borgia tenía puestos los ojos en la Romaña y permitió que las ofensas pasadas quedaran olvidadas. El hijo de Alejandro VI le nombró coronel en el ejército que participó en las tomas de Rímini, Fosara y Faenza. Pero tampoco duró mucho esta nueva asociación con los Borgia, puesto que ese mismo año acudió a la llamada del «Gran Capitán» para luchar en Nápoles.

Se presumía, por las tropas y recursos invertidos, que quien venciera en esta ocasión se haría definitivamente con el reino italiano. El «Gran Capitán» se valió de la fama ganada por «el Sansón de Extremadura» para combatir a los franceses, quienes le «temían por hazañas y grandes cosas que hacía y acometía». Y de nuevo, es difícil estimar cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en los episodios bélicos que supuestamente protagonizó García de Paredes. Así, aunque está confirmada su participación en las batallas de Ceriñola y de Garellanoen 1503, más cuestionable es el relato sobre una escaramuza previa a esta segunda batalla donde el extremeño, contrariado con una decisión táctica del Fernández González de Córdoba, se dirigió en solitario hacia las tropas francesas y causó cerca de 500 muertos. «Túvose por género de milagro, que siendo tantos los golpes que dieron en Diego García de Paredes los enemigos... saliese sin lesión», explica una de las crónicas.

De pirata a Caballero de la Espuela Dorada
Tras el final de la guerra en Italia en 1504, Nápoles pasó a la Corona de España y el «Gran Capitán» gobernó el reino napolitano como virrey con amplios poderes. Como agradecimiento a sus servicios, Gonzalo Fernández de Córdoba nombró a Diego García de Paredes marqués de Colonnetta (Italia). Sin embargo, cuando el «Gran Capitán» cayó en desgracia, la defensa que hizo «el Sansón de Extremadura» de su antiguo general le costó la pérdida del marquesado de Colonnetta y forzó un exilio voluntario de la corte. Durante años, el soldado extremeño se dedicó a la piratería en el Mediterráneo, teniendo como presas favoritas a los barcos berberiscos y franceses.

En 1508, Diego García de Paredes recuperó el favor real y se unió a la campaña española para conquistar el norte de África. Durante estos años Paredes participó en el asedio de Orán, fue maestre de campo de la infantería española que el emperador de Alemania usó para atacar a la República de Venecia, y sirvió como coronel de la Liga Santa al servicio del Papa Julio II en la batalla de Rávena, entre un sinfín de gestas militares.

Con la irrupción de Carlos V en España, gran admirador de su leyenda, el extremeño acompañó al emperador por Europa, quien le nombróCaballero de la Espuela Dorada, sirviendo a este en Alemania, Flandes, Austria y en todos los conflictos acontecidos en España, desdela Guerra de los Comuneros a la conquista de Navarra. En 1533, tras regresar con Carlos V de hacer frente a los turcos en el Danubio, Diego García de Paredes falleció por las heridas sufridas durante un accidente a caballo cuando jugaba con unos niños a tirar con la lanza unos palos en la pared. Lo que no habían conseguido quince batallas campales y diecisiete asedios, lo alcanzó un juego infantil: matar al gigante.

El «Desafío de Barletta»: o victoria o nada
Uno de los episodios que alimentó la comparación con Sansón, el famoso héroe de tradición hebrea, tuvo lugar en septiembre de 1502. Durante un periodo de distensión en las hostilidades, los generales de Francia y España accedieron a celebrar un torneo caballeresco que enfrentó a once caballeros franceses contra once españoles conocido como el «Desafío de Barletta». Esta clase de actos, típicos de la época, servían para mantener la disposición bélica en forma y para entretener a las tropas. Diego García de Paredes, pese a estar convaleciente de unas heridas, fue designado por el «Gran Capitán» para liderar a los españoles.

Según las crónicas, la lucha duró más de cinco horas, en las cuales quedó prisionero Gonzalo de Aller del bando español, y del francés falleció un caballero y otro fue rendido por Diego García de Paredes. Posteriormente, otros siete caballeros franceses fueron desmontados por sus rivales, pero los galos se atrincheraron detrás de sus caballos muertos y los españoles no pudieron terminar de acometerlos. En este punto, y con la noche encima, los franceses solicitaron detener la disputa, dando a los españoles por «buenos caballeros». Sin embargo, Diego García de Paredes arrancó las enormes piedras con las que se había señalado el término del campo y empezó a arrojarlas contra los atrincherados. Pese al esfuerzo de tintes bíblicos del «Sansón extremeño» y de que los franceses abandonaron el campo aterrados, los jueces, procedentes de Venecia (así se les suponía imparciales), dictaminaron tablas, de tal manera que a los españoles «les fue dado el nombre de valerosos y esforzados, y a los franceses por hombres de gran constancia».

Fuente: César Cervera. ABC.03/01/2015


Ilustración de Ángel García Pinto.

Juanita Smith

Badajoz. Abril de 1812. Las tropas inglesas de Wellington, tras una durísima batalla, toman la ciudad en manos del ejército francés.


En medio
de la ciudad arrasada y sembrada de cadáveres, entre soldados ingleses borrachos dedicados a la rapiña y el saqueo, y el olor a pólvora y sangre, dos niñas, vestidas de negro riguroso y con el cabello cubierto por una mantilla, avanzan entre los escombros camino del campamento de los oficiales extranjeros para pedirles protección.

Un oficial de 25 años, Harry Smith, atiende a las jóvenes conmovido ante su presencia.


Esta escena real es el inicio de una de las mayores historias de amor en tiempos de guerra.


Ju
ana Ma
ría de los Dolores de León, la pequeña de las hermanas, se casaría tan sólo un mes después con el oficial inglés dejando atrás su Badajoz querida para siempre.

D
e hija del asedio pasó a dama de la alta sociedad inglesa, a reina de África, a gobernadora de Ciudad del Cabo, a dar nombre a una de las ciudades sudafricanas, Ladysmith.

Juana María de los Dolores de León Smith, que había nacido en torno a 1798, era bisnieta de Juan Ponce de León.

Después del asedio, en vez de dejar que la mandaran a casa de la familia de su marido, escogió acompañar a Harry Smith en el ejército. Se quedó junto a él el resto de la guerra, acompañándolo en el tren de equipajes, durmiendo al aire libre en el campo de batalla, paseando junto a las tropas y compartiendo todas las privaciones de la campaña. Su belleza, coraje, buen juicio y carácter amable la hicieron querida por los oficiales, incluyendo el Duque de Wellington, quien habló de su familiaridad con Juanita. Era idolatrada por los soldados.

Con la excepción del periodo de la guerra anglo-americana de 1812, acompañó a su marido a todos sus destinos, siendo los más notables los dos en Sudáfrica, donde Sir Harry, el cual había sido nombrado caballero mientras tanto, sirvió como Gobernador de la Colonia del Cabo y Alto Comisionado.

El Parlamento Británico concedió a Juana Smith una pensión de 500 libras el 5 de diciembre de 1848 en reconocimiento a los servicios prestados por su marido al país. La pareja siempre se desesperaba por el dinero y él luchó por obtener una pensión para ella durante sus últimos años.

Conocida como Lady Smith durante sus años finales, Juana Smith es conmemorada directamente en el nombre de la localidad sudafricana de Ladysmith, e indirectamente en el de la Ladysmith de la Columbia Británica en Canadá.

Murió el 10 de octubre de 1872.

Martín Cerezo

Días atrás se montó un pequeño revuelo histórico-político en Cáceres. El consistorio cambió los nombres de algunas calles dedicadas hasta ese momento a personajes y hechos de la Guerra Civil. También desapareció del callejero el nombre de la travesía Héroes de Baler. Las acusaciones de ignorancia llovieron sobre los ediles. Se pensaba que habían confundido la gesta de Baler con Belchite o alguna otra batalla del '36'. Pronto quedó claro que no se trataba de ignorancia, sino de una cuestión técnica: en la ciudad no puede haber travesías. Pero el rifirrafe ha servido para desempolvar la memoria histórica del desastre del 98.

El pasado 7 de noviembre, la escritora Inma Chacón presentaba su última novela, 'Las filipinianas'. En sus declaraciones, explicaba que en el libro «también hay soldados a través de los cuales rindo homenaje al Grupo de Cazadores que quedaron en Baler, donde imagino que había gente de Cáceres y Badajoz y cantaban jotas extremeñas».

Efectivamente, en Baler había un extremeño. Se llamaba Saturnino, era de Miajadas, acabó mandando la tropa heroica y la gesta de Baler se debió, en gran parte, a su valor y a su empecinamiento. Saturnino se apellidaba Martín Cerezo, había nacido en Miajadas en 1866, donde disfrutaba leyendo y estudiando. La pobreza familiar lo obligó a trabajar en el campo y a los 17 años ingresó en el ejército. En 1897 se ofreció voluntario para ir a Filipinas y fue ascendido a teniente. Su biografía te atrapa, pero en Extremadura no es muy conocida.

«Saturnino... Ni idea», responde una mamá joven que pasea con su niño por la calle Martín Cerezo de Cáceres. «¿Que quién era Saturnino Martín Cerezo? Eso en esta calle no le importa a nadie. De la Guerra Civil aquí procuramos no acordarnos», avisa un caballero. «Saturnino, Saturnino... No me suena nada... ¿Buuuf...! Mire a ver la señora de al lado, que vive aquí desde hace 50 años y a lo mejor lo conoció», señala otro vecino antes de montar en su coche.



Desconocido en su tierra

La calle dedicada a Martín Cerezo en Cáceres es estrecha y larga. Tiene mucho tráfico porque permite adentrarse en el cogollo urbano desde una avenida circunvaladora. A mitad de la calle vive Antonia, «la señora de al lado». «Dice usted que Saturnino salía en la película «Los últimos de Filipinas», la de la canción 'Yo te diré'... Es que yo he ido tan poco a las películas...».

Antonia es amable, prudente y discreta. Vive en la calle Martín Cerezo con Ricardo, su marido, desde que se casaron y antes vivieron aquí sus suegros. No conoce al teniente extremeño y todo esto le suena a cosa de políticos: «No me meta usted en líos, que yo ya soy muy mayor y no entiendo de política ni de esas cosas... ¿Me lo promete?», ruega encantadora.

Saturnino Martín Cerezo es un gran desconocido en su tierra. No sucede así en Baler, donde cada 30 de junio protagoniza una representación teatral dramatizada por los jóvenes del pueblo en el polideportivo. La localidad es la capital de la provincia de Aurora y se ha convertido en un paraíso playero con un sofisticado spa, hoteles y restaurantes.

Baler fue fundada en 1609 por el sacerdote español Blas Palomino. Está situada a 232 kilómetros de la capital del país, Manila. En 1898 era una pequeña aldea de 1.900 habitantes. El 10 de diciembre de ese año, mientras España firmaba en París un tratado por el que vendía Filipinas a Estados Unidos por 20 millones de dólares, 52 militares españoles resistían en Baler el asedio de los rebeldes filipinos sin enterarse de que la guerra había acabado.

Aún aguantarían atrincherados casi seis meses, hasta el 2 de junio de 1899. Ese día, izaron bandera blanca y Emilio Aguinaldo, el líder filipino, les perdonaba la vida y los trataba como héroes. Solo 33 regresaron a España. Entre ellos, Saturnino, el último de Filipinas, un teniente disciplinado, terco y extremeño.

Dieciséis meses atrás, 49 militares españoles habían llegado a Baler al mando del capitán De las Morenas y de los tenientes Alonso y Martín Cerezo. El 27 de junio fueron atacados por los insurrectos filipinos y se hicieron fuertes en la iglesia del pueblo. El 18 de octubre murieron el capitán y el teniente Alonso y Saturnino quedó al mando. Él y 32 soldados sobrevivirían durante 337 días en 300 metros cuadrados casi sin alimentos (solo comían arroz, tocino rancio y habichuelas), hostigados sin pausa por el enemigo.

Saturnino era un hombre enérgico que incluso mandó fusilar a dos desertores. También era ingenioso. De ello dan fe sus artimañas para hacer incursiones nocturnas con el fin de robar calabazas y naranjas o cazar carabaos que pastaban despistados junto a la iglesia. Para complementar la dieta, asaban pájaros, gatos, ratas, serpientes y hasta un perro que tenían como mascota. Eso no evitó que 12 sitiados murieran por las enfermedad de beri-beri (falta de vitamina B) y otros tres por disentería. Solo dos murieron por disparos enemigos.

El origen de la mayor parte de los soldados era muy humilde. Se trataba de labradores, zapateros, panaderos, canteros, sombrereros, herreros, cerrajeros y cocineros. Estas habilidades les ayudaron a resistir el asedio horadando un pozo, preparando un horno, construyendo letrinas, reparando el tejado de cinc de la iglesia, agujereado por las balas, remendando los uniformes y elaborando calzado.

El sitio debería haber terminado el 10 de diciembre, cuando se firma la paz de París y altos mandos españoles se acercan, el día 12, a Baler para comunicárselo a Saturnino. Pero Martín Cerezo desconfía: piensa que sus compatriotas lo engañan y decide resistir.

A partir de ese momento, el autoasedio se convierte en una parodia con trazas, a veces, de vodevil. Los filipinos envían a mujeres para que se coloquen frente a la iglesia de Baler en posturas lascivas. Los soldados españoles, que llevan seis meses sin ver a una señora, se aprietan contra el muro para no perderse el espectáculo. El teniente Martín Cerezo reacciona obligándolos a jugar, a reír y a cantar a voces para desarmar la libido y no desertar por lascivia.

Entregan a Saturnino periódicos españoles que recogen la firma de la paz, pero no se los cree, piensa que son añagazas amañadas en una imprenta. Una mañana llega un muchacho con una bandera blanca y un mensaje. Saturnino le dispara a la mano donde porta la carta y el chico huye despavorido.

La paranoia domina el escenario del asedio. El paisaje tropical, la humedad densísima y el calor que asfixia se confabulan para crear un ambiente tan endiablado que años después, un director llamado Francis Ford Coppola escogerá ese lugar para rodar los exteriores de otra paranoia: «Apocalypse Now».

Unos y otros sufren trastornos sin cuento. Los filipinos de Baler pasan unas noches terroríficas. Creen ver fantasmas de españoles que salen de la iglesia y deambulan por el pueblo. Algunos nativos huyen despavoridos, incapaces de convivir con los tenaces resistentes de una fortaleza que es una iglesia en una guerra que ya es una paz.

Saturnino se aburre. Solo resiste, pero no combate. Para entretener el tedio, ojea distraídamente los periódicos 'falsos' que le han entregado. De pronto repara en una noticia: el teniente Díaz acaba de ser trasladado a Málaga. El extremeño pega un bote. Díaz era amigo suyo. Le había confiado su pretensión de traladarse a Málaga hacía tiempo. Aquel diario era verdadero y la paz de la que informaba, también. Se acababa el asedio: izado de bandera blanca, salida como héroes de la iglesia y regreso a España.

En su país les aguardaban algunas penurias. Hasta 1908 no se concedió una pensión vitalicia de 60 pesetas mensuales a los familiares de los caídos en Baler. De los 33 resistentes de la iglesia, solo 13 sobrevivieron a la Guerra Civil. En 1945, aún vivían ocho soldados y Franco les otorgó a tres de ellos el grado de tenientes honorarios. El resto, como no había luchado en el bando nacional, se quedó sin reconocimiento.

Saturnino Martín Cerezo llegó a general, pero lo cierto es que hasta el año 2005 no hubo un homenaje nacional en España a los héroes de Baler. Ahora, cuando preguntas por el héroe extremeño de Filipinas, sus paisanos se extrañan: «¿Saturnino qué...?». Miajadas


FUENTE:
hoy.es 18.11.07

Ernesto Andrade Silva

Cuentan que en Olivenza, desde hace más de cien años, a ningún recién nacido se le bautiza con el nombre de Ernesto, porque éste trae recuerdos negros y legendarios. Recuerdos de uno que dicen que fue asesino y ladrón, y que pertenece a los pequeños miedos de la comarca.

Nace Ernesto Andrade Silva en la calle Pequeña de San Blas, hoy Sta. Catalina, el 9 de marzo de 1.860, siendo bautizado el 14 del mismo mes en la Iglesia Parroquial de Sta. María del Castillo; hijo de Joaquín Andrade trabajador del campo, y de Antonia Silva, naturales de Olivenza.

Según reza la leyenda, desde edad muy temprana se dedicó a robar, al principio cosas de poco valor, con la aquiescencia de su madre, la cual no acertaba a reprenderle; poco a poco estos pequeños hurtos degeneraron en lo que posteriormente sería causa de su procesamiento y ejecución; formando parte de una banda dedicada al asalto de propiedades de la comarca oliventina, llegó a adquirir tal aureola que, los hechos delictivos a él imputados tienen más de fantasía popular que lo correspondiente a la realidad. Capturado en la carretera de Badajoz, en lo que actualmente se conoce por el "Corazón de Jesús", junto a Calixto Romero Coloma el 10.12.1889, por los inspectores de policía Rosendo Alberti y Miguel Molins, acusados del asesinato de Servando Perea Vas, alias "el palomo", se les instruye causa y tras el juicio, en el que se declaran inocentes, el jurado considera a Ernesto culpable y cómplice a Calixto, siendo ambos condenados a muerte por robo con homicidio, si bien Calixto Romero fue posteriormente indultado; la sentencia, que se demoró dos años por la apelación presentada a Madrid mediante el correspondiente recurso de casación, que confirmaría la sentencia de la Audiencia de Badajoz, se cumple el 12.12.1891, permaneciendo las 48 horas anteriores a su muerte "en capilla", asistido, según la costumbre, por los hermanos de la Sta. Casa de Misericordia, los cuales, tras recibir la noticia de su llegada, a través del Juzgado, acuerdan en sesión celebrada el 9.12.1891 lo siguiente:

- "Que el proveedor acuda al Excmo. Sr. Presidente del Consejo de Ministros con
objeto de obtener el indulto".
- "Que la población se divida en cuatro cuarteles y a cada uno vayan dos hermanos
a pedir limosna con espuerta y campanilla".
- "Que la capilla sea ornamentada".
- "Que durante la permanencia del reo en capilla dos hermanos le acompañen cada
dos horas".
- "Que al entrar el reo en capilla esté en ella toda la Hermandad, con todas mis
insignias, acompañándolo así al patíbulo".
- "Que los alimentos y demás necesidades sean sufragados por la Sta. Casa".
- "Que las comidas sean llevadas por la Hermandad a la capilla y servidas por sus
miembros".
"Que el proveedor y escribano cuiden de que esto se cumpla y cuiden también del otorgamiento de testamento y su fiel cumplimiento.

Asimismo, el provedor Carlos Moreno, en carta fechada el 10.12.1891, pide al Arcipreste de Olivenza el nombramiento de un capellán que acompañase a la cofradía en los actos a celebrar en el enjuiciamiento del reo, el cual nombra para tal efecto a Luis Hernández Pecellín.

Las gestiones realizadas por la Hermandad para la obtención del indulto de Ernesto resultan infructuosas, como así lo confirman los telegramas enviados a diversas persona¬lidades, a saber: Eduardo Baselga, diputado a Cortes, Luis Pérez de Guzmán, Antonio Cánovas, presidente del Consejo de Ministros, al embajador de Portugal, Arsenio Martínez Campos, como tampoco las del Ayuntamiento encontraron eco alguno en el caso de Ernesto Andrade, ya que el resto de la banda había sido indultado. El porqué de la no concesión del indulto a éste se podría explicar por la situación política creada por los dos partidos alternantes en el poder, el conservador y el liberal, que se acusaban mutuamente de los desórdenes del país y las pocas soluciones dadas para evitarlas; Ernesto quedaría como "chivo expiatorio" de esta lamentable situación, víctima de la decisión salomónica del gobierno.

Los dos días que el preso pasó en capilla supusieron una febril actividad por parte de los hermanos de la Sta. Casa, los cuales y en sesión celebrada el 13.12.1891 hacen constar en Acta lo sucedido en esos días:

Días 11, 12
"La cofradía sale de la Sta. Casa, con todas sus insignias, con dirección a la cárcel de este partido, situada en el Castillo de esta población, denominada "Torre del Omenage", y en la sala de visitas, constituida en capilla, entró la cofradía y allí estuvo hasta la llegada del reo, mientras el juzgado se encontraba en una sala inmediata; compareció el reo y se dio lectura, por parte del juez, al acta de sentencia seguida contra el reo Ernesto Andrade Silva por el robo y asesinato cometidos por el expresado en la carretera que va de Olivenza a la ciudad de Badajoz, en unión de Calixto Romero, que había sido indultado anteriormen¬te; tras leer la sentencia el reo se tiró al suelo con la intención de matarse; el provedor lo recogió y sentándolo en una silla le daba palabras de consuelo.
El reo se dirige al juez haciendo manifestaciones y cargos terribles, referentes a hechos que decía habían sucedido durante el sumario; el provedor consigue llevarse al reo a la capilla donde quedó a las 9 de la mañana y le dice que se encomiende a Dios, retirándose la cofradía quedando el preso en compañía del cura-párroco de Sta. María del Castillo.

A las nueve y media los hermanos de la Sta. Casa le llevaron la comida, y a las 12 el almuerzo.

El reo pide que desea contraer matrimonio con una gitana; se telegrafía al señor obispo y éste concede el oportuno permiso; a las cinco de la tarde contrajo matrimonio con Victoria Suárez Silva, natural de la Nava de Mérida y confiesa con el párroco de Sta. María Magdalena Manuel Camacho, despidiéndose así mismo de la recién desposada; a las seis de la tarde otorgó testamento y media hora más tarde se le suministró la cena.

A las doce de la noche se hacen cargo de él el provedor, Carlos Moreno y Francisco Bancés, celebrándose la misa en la capilla a las dos de la madrugada, para darle la comunión, aunque se muestra un poco refractario a los consuelos de la religión (esto echaría por tierra lo que cuenta la leyenda, que dice lo pusieron debajo del umbral del cementerio para que todo el mundo lo pisara, ya que al entrar en el seno de la Iglesia sería debidamente enterrado).

A las siete y media de la mañana del día 12 entraron los verdugos, venidos de Cáceres y Sevilla, para ponerle la ropa y atarle brazos y manos.

A las ocho, se presenta la Hermandad de la Misericordia para acompañar al reo al
patíbulo, llevando todas sus insignias; delante el guión, un hermano con la Cruz y
campanilla; detrás el escribano, al lado del reo; siguiendo, en dos alas, la cofradía con faroles encendidos; cerrando la fila un hermano con el señor Crucificado (utilizado también por la Hermandad en las procesiones de Jueves Santo), y cuatro faroles alumbrando la imagen y por último, el provedor. El reo fue conducido hasta el patíbulo en carro, puesto que, al ser ejecutado a garrote vil, no lo podía acompañar a la "tumba"; al llegar a éste y bajando del carro, se abraza al provedor pidiéndole que ruegue por su alma, ayudándole éste y el presbítero Federico Liña a subir las escaleras (el patíbulo se encontraba situado detrás del Cuartel de Caballería, donde hoy se encuentra el Centro de Salud de Olivenza.

La muerte se produjo hacia las nueve menos veinte, quedando expuesto su cuerpo hasta las cuatro de la tarde, que fue recogido por la Hermandad y llevado al cementerio rural".

Sus últimas palabras fueron:

"Muero inocente, me matan por dinero; madres que tenéis hijos, miraos en este espejo y educadlos bien".

Podemos decir que con estas palabras quedó Ernesto sentenciado al olvido, pues aparte de que ningún oliventino puso este nombre a sus hijos, éste era utilizado como ejemplo de maldad, como lo corroboran los testimonios orales que coinciden haber oído, en alguna ocasión a sus familiares: “nunca toques lo que no es tuyo, pues te sucedería lo que a Ernesto”.

FUENTE: Emilia Alburquerque Álvarez. Saber Popular. Revista Extremeña de Folklore, nº 10. 1997.

Os judeus em Portugal

Como era habitual à época, os filhos da grande família judaica optavam pela Arte Médica ou de Boticário, ocupando por isso mesmo, nestas artes, a maior parte dos cargos por direito próprio.

O ambiente da terra beirã, coberta de montanhas, frio, neve e ainda pouco habitada, dava azo a lendas, malquerenças e demais fantasias; no tempo do nosso leitor chamar me iam um homem da interioridade. Assim, era comum aos judeus, mesmo conversos, serem considerados pelos vizinhos cristãos -velhos, de acordo com a longa tradição da Humanidade, como renegados e feiticeiros, detentores de sortilégios com poderes quase demoníacos.

Talvez para este comportamento ancestral de desconfiança e despeito contribuísse a proverbial prosperidade económica dos judeus sefarditas, quase sempre fruto de uma luta e persistência familiar prolongada, de gerações, associada a qualidades de trabalho e resistência pouco habituais na velha terra lusitana, antiga de seiscentos anos.

Portugal, já nessa altura a viver acima das suas riquezas e haveres (como parece continuar a ser uma característica endémica nos trezentos anos seguintes) e sem fazer nada para se cuidar, devido à sua índole ociosa, passadista do antigo Império, agora quase falido, vai-se tornar cada vez mais uma sociedade fechada, ensimesmada, mesquinha, invejosa, sendo um dos sinais o seu fanatismo, a que a Inquisição (famosa polícia religiosa ultra-católica) corporizou, pois devido à sua intolerância, perseguia, enclausurava e mandava queimar qualquer homem ou mulher que fugisse às normas do costume, baseadas estas na tradicional doutrina universal com profundas raízes conservadoras e antijudaica.


FUENTE: vidaslusofonas.pt

Ribeiro Sanches

Ribeiro Sanches X Ribeiro Sanches

Penamacor era, na altura, uma vila propícia, com guarnição militar e um castelo fernandino a lembrar a sua importância como fortaleza arraiana.

A minha família tem sangue judaico - meus pais são Simão Nunes e Ana Nunes Ribeiro, abastados comerciantes da região, cristãos-novos descendentes de outro grande médico Francisco Sanches (1551-1623).

Quando eu nasci já a fogueira da Santa Inquisição fazia arder corpos e almas no Rossio de Lisboa e de Évora, assim como nos Paços de Coimbra e Goa.



A débil constituição física, aliada a um perfil hipocondríaco, não irá alterar a minha dedicação ao estudo e à pesquisa, devido em parte ao meu espírito diligente e curioso, apesar dos caprichos dos tempos e do Homem.

Ainda com doze anos já lia fluentemente castelhano, latim e todos os livros que me vinham parar à mão, tais como de Plutarco e Montaigne, sabia música e também conhecia a nossa história, razão segundo uns devido a uma inteligência superior e elevado espírito de observação – era o que mais tarde se irá chamar de criança sobredotada.

Por motivo da pressão familiar do lado paterno, com um tio jurisconsulto, versado em leis, vou ainda cedo para Coimbra para me inscrever no curso de Direito, em 1716.

Aqui, mais uma vez, insatisfeito com o meio (ao fazer uma “reflexão muito profunda acerca da decadência da universidade”) e com o estudo aborrecido das leis e da filosofia - “aprender a nossa filosofia era pior que não a aprender” - o que me provoca efeitos indesejáveis e outros distúrbios funcionais, acentuados pelo esforço em excesso dedicado ao estudo, exs. enxaquecas, desmaios, dores de estômago, moléstias estas que no futuro, mais ou menos próximo, se irão agrupar em queixas ou demais sintomas psicossomáticos.

Entre 1717-18, ao tentar perceber o que se passava comigo, vencendo a reconhecida insegurança interior, começo a ler tudo o que me vem parar às mãos, incluindo livros médicos. Nestes pareço ter encontrado algum conforto espiritual para os meus males, um deles em especial - os Aforismos de Hipócrates que, pela forte ligação entre a ciência prática e a filosofia especulativa, vai mudar-me em definitivo o rumo profissional.

Ao mesmo tempo, em Coimbra, o ambiente universitário era muito pouco disciplinado, o que associado ao estado de rebeldia latente dos alunos perante o ensino, ao obscurantismo dos mestres, mais o meu frágil e crónico estado físico (organismo débil e enfermiço), vai-me facilitar a transferência, a meu pedido, para a cidade vizinha de Salamanca, assim como inevitavelmente perder a noiva, minha prima, mais o belo dote de judia.

Em todas as épocas da nossa história, homens dos mais variados campos do saber, de modo mais sentido na Medicina, trocavam a terra de origem por um País estrangeiro onde pudessem exercer a sua profissão com outra sabedoria e paz de espírito. As grandes escolas da Península Ibérica limitavam-se a transmitir o conhecimento dos textos antigos, cuja autoridade não era questionada, votando o ensino e a prática médica a uma paralisante inércia.

Recebo por isso com facilidade o grau de doutor em Medicina, pela Universidade salamanquina, em 1724.

Para um jovem médico, acabado de regressar a Portugal, o País não oferecia grandes perspectivas. Instalo-me temporariamente em Benavente – aí reparo que as águas estagnadas são a causa de febres e outros morbos que as pessoas de Salvaterra manifestavam de modo intermitente. Ainda serei médico na Guarda e Amarante, antes de descobrir a Europa.

Em 1726, por denúncias feitas à Inquisição por um familiar, um primo, de nome Manuel Nunes Sanches, pela prática do judaísmo, sou obrigado a exilar-me à pressa, partindo pela calada da noite, num barco ancorado em Lisboa. Saio do País, desta vez sem mais regresso.

Após breves passagens por Génova, Montpellier, Londres (onde dou aulas e exerço medicina nos hospitais) e Bordéus, chego a Leiden, na Holanda, onde assisto às aulas do célebre Hermann Boerhaave (1668-1738), considerado o maior professor de medicina do seu tempo, para onde muito dos estudantes e doentes de todo o mundo se dirigem. Aqui torno-me, movido pela curiosidade científica, um dos seus discípulos dilectos mais distintos, deixando também de viver como judeu, a cuja fé já havia renunciado.

Em 1731, sob a sua incumbência parto para a Rússia. Aí exerço importantes cargos como médico, acompanhando as expedições dos exércitos imperiais e, depois, no Corpo Imperial dos Cadetes de São Petersburgo (colégio reservado à mais alta aristocracia russa), tendo por último sido nomeado médico da czarina Ana Ivanovna. Ao mesmo tempo correspondo-me com os melhores espíritos europeus da época.

Na Europa, sopram já os ventos do Iluminismo (os filósofos que difundiam o novo espírito do século julgavam-se promotores da luz e do conhecimento, sendo, por isso, chamados de iluministas); este movimento vinha ganhando expressão nos escritos de vários livres-pensadores: John Locke, Montesquieu, Denis Diderot, Voltaire e outros.

A longa permanência na Rússia (tendo participado na campanha militar de Azoff – Crimeia) e o contacto com os seus diferentes povos e raças permitem me fazer importantes observações etnológicas que comunico a Buffon e que são por ele referidas no 3.º Volume da sua História Natural.

Em 1747, de regresso a Paris, fugindo às intrigas da corte czarista, sou recebido por Frederico o Grande da Prússia. É-me atribuída uma tença por Catarina II da Rússia. Aqui, na cidade das Luzes, recolhido na intimidade dos livros, acabo os meus dias, a 14 de Outubro de 1783.

FUENTE:
vidaslusofonas.pt


Sansón de Extremadura



El Sansón de Extremadura: Diego García de Paredes en la literatura española del siglo XVI
by Antonio Sánchez Jiménez

Diego García de Paredes (1468-1533) fue un héroe a un tiempo histórico y legendario, curtido en las guerras de Italia, Grecia, Dalmacia, Navarra y norte de África, y enormemente conocido en la España del Siglo de Oro. Las noticias que tenemos sobre García de Paredes se caracterizan por mezclar realidad y fantasía, pues la figura de este trujillano pertenece tanto a la historia como a la leyenda escrita y oral.

Por una parte, poseemos documentos históricos totalmente serios —a veces incluso extendidos por un notario— que nos cuentan hazañas de García de Paredes, tanto verosímiles como increíbles. Por otra parte, sobre el mismo personaje nos ha llegado una larga serie de anécdotas orales y literarias que abarcan todos los grados posibles de fiabilidad. Poseemos el testamento del héroe, y también su autobiografía; poseemos las opiniones de los trujillanos un siglo después de su muerte, y también la invención del también extremeño Luis Zapata de Chaves, que le pinta disputando las armas del difunto marqués de Pescara en el canto XXVII de su Carlo famoso.

En ocasiones, las noticias más contrastadas, afirmadas y juradas, parecen más inverosímiles que las invenciones de los poetas y dramaturgos: García de Paredes resistiendo solo tres días en un castillo lleno de enemigos; García de Paredes enfrentándose a todo el ejército de Francia sobre el puente del río Garellano, etc. El trujillano, «por su extraordinaria fuerza llamado el Hércules extremeño o Sansón español», un héroe excesivo e increíble, a medio camino entre la historia y el mito.



> El Caballero de la Espuela Dorada

El gigante extremeño

Se llamaba Agustín Luengo Capilla y nació en Puebla de Alcocer el año 1826 en la calle Colón número 10

Fue conocido con el sobrenombre de El Gigante Extremeño y probablemente fue el español mas alto de todos los tiempos. Su talla era de 2 metros y 35 cm.

De su infancia se sabe que fue un niño enfermizo y durante su juventud trabajó en un circo como atracción, exhibiendo sus descomunales manos, capaces de ocultar un pan de 1 Kg y sostener una cuartilla de grano o aceitunas. Al ser la casa de sus padres de reducidas dimensiones tuvieron que hacer agujeros en las paredes para poder sujetar las tablas de la cama donde descansaba

Por aquella época se estaba montando el Museo Antropológico de Atocha en la capital de España, dirigido por el doctor D. Pedro González Velasco, catedrático de Anatomía de la Universidad San Carlos de Madrid. Enterado de la existencia del gigante, se puso en contacto con él, comprándole su cadáver a cambio de una renta diaria de 2,50 Ptas. mientras viviera. Una vez fallecido, su cadáver pasaría al Museo Antropológico, donde se conserva su esqueleto hasta la fecha actual

Sometido a reconocimiento médico se comprobó que padecía una tuberculosis ósea en estado muy avanzado, muriendo a la corta edad de 28 años. Se cuenta que no tuvo una vida muy acorde con la enfermedad que padecía y advertido por el doctor le contestó: no se preocupe Vd., cuanto antes muera yo, antes cobrará Vd. y menos gravoso seré a su bolsillo.

Descendientes suyos conservan algunos objetos como un lienzo con su imagen y un descomunal par de botas que le regaló el rey Alfonso XII, algunos calcetines y un gorro de terciopelo carmesí. Algunos de estos objetos se exhiben en el Museo Etnográfico de Puebla de Alcocer



Fuente: http://encina.pntic.mec.es/~tchc0000/puebladealcocer/gigante.html