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El Cementerio de los Italianos (Campillo de Llerena)



En febrero de 1937 se crea, siguiendo el ejemplo de la Brigada "Flechas Negras", la Brigada Mixta "Flechas Azules", llamada "Frecce Azzurre" por los italianos.

La unidad queda formada por dos regimientos de tres batallones, cada uno de ellos dotado de cuatro compañías. Además la unidad tenía su propia artillería, un grupo de piezas del 75/27 y una batería antiaérea de 20 mm.

En el verano de ese mismo año, la unidad es empleada en la campaña del sur de Extremadura.

En la actualidad, en el cementerio se encuentran varios tipos de enterramientos.

En el túmulo central, probablemente reconstruido hace algunos años de una manera bastante tosca, se encuentra la lapida, donde podemos leer el siguiente texto:

"Deposita una flor y eleva una oración por los soldados españoles y legionarios italianos de la brigada " Flechas azules " que heroicamente cayeron por España y la civilización mundial.
Junio 1.937 1º Año triunfal"

La lapida también sufrió algún tipo de ataque, pues aparece claramente recompuesta tras haber sido destrozada en numerosos trozos.

Junto al túmulo se encuentran a ambos lados un grupo de siete tumbas individuales, construidas en forma de arco y que evidencian señales de haber sido parcialmente reconstruidas. Frente a ellas se encuentran los restos de cinco cruces de hierro que en su tiempo debieron señalar los emplazamientos de cinco tumbas. En dos de ellas todavía es posible leer el nombre de los soldados caídos: Caporale Campos Giuseppe di Salvatore y Cap. Magiore Ammirati Domenico di Giovanni, ambos miembros del 2° Regimiento de la Brigada, y caídos en junio de 1937.


FUENTE TEXTO: CAMPILLOWEB
FUENTE IMAGEN: FOTO.ES

La Brigada del Pirraque

En agosto de 1936, apenas un mes después del alzamiento español, empezó la aventura de los voluntarios irlandeses. El general O'Duffy, líder de la ultraderecha irlandesa, es invitado por un amigo carlista a que reclute una brigada de combatientes que se una a los Requetés.





Eoin O'Duffy, Nacido en 1892, ya es partidario de la causa nacional sobre todo por su sentimiento ultracatólico. El dominico Paul O'Sullivan dirigiéndose a un grupo de voluntarios irlandeses los arengaba así: “…Vais a combatir en el Santo nombre de Dios, por la gloria de Dios, para defender a Dios, para salvar nuestra Santa Fe, para salvar la Cristiandad, para proteger al mundo de las atrocidades que han sido cometidas en Rusia, en Méjico y ahora en España”.

En Dublín, ha surgido la polémica en torno al proyecto. El Parlamento vota una ley que prohíbe a todo ciudadano irlandés que se aliste para combatir en España bajo pena de una multa y encarcelamiento. En Gran Bretaña el asunto también causa remolinos: invocando el Pacto de no-intervención, algunos diputados exigen resueltamente que se impida a los voluntarios que salgan desde puertos ingleses.

A pesar de la declaración de ilegalidad de la participación de irlandeses en el conflicto español, efectuada por el gobierno irlandés, El general Eoin O’Duffy reclutó a 700 “Camisas azules”, que parten de las islas Británicas en 1936 hacia su destino en Cáceres, divididos en dos contingentes: Uno vía Galway-El Ferrol-Salamanca-Cáceres y el otro dirigido por el propio O’Duffy vía Liverpool-Lisboa-Badajoz-Cáceres.

El viaje desde Galway hasta El Ferrol resultó bastante duro, apiñados en un barco nazi tuvieron que soportar una gran tormenta. Una vez desembarcados hicieron el trayecto en tren hasta Salamanca donde hicieron su entrada en la estación apretujados contra las ventanillas saludando con los brazos en alto. Formados se les dirigió a una nave donde se les dio de comer y beber. Y sobre todo bebieron, pues cuenta uno de los oficiales de la Brigada que tuvieron ciertas dificultades para hacerles volver al tren y mientras la banda de música, perfectamente formada, los despedía tocando el himno de España algunos irlandeses vomitaban la borrachera por las ventanillas del tren.

Mientras, el contingente que dirigía O’Duffy llega a Lisboa, y pese a la insistencia de los oficiales portugueses en que nadie desembarque hasta comprobar la documentación; les es imposible controlar este extremo y los más osados consiguen bajar a tierra, donde se emborrachan, teniendo que intervenir la policía por el gran escándalo que causaron. Finalmente llegaron camiones españoles para el traslado del contingente a la estación de ferrocarril con destino a España.

De su llegada a Badajoz hay testimonio de un corresponsal irlandés, Francis McCullagh, que cuenta como nada más llegar a Badajoz se pasearon con sus camisas verdes, su buen humor y su alta moral, aunque no conseguían comunicarse con la población debido al idioma. Esa misma noche los oficiales les llamaron al orden en sus barracones debido a su estado de embriaguez.

En Noviembre de 1936 ya está toda la brigada en Cáceres donde permaneció alojada en barracones hasta Febrero de 1937. Tan pronto como se instala en su cuartel, la brigada irlandesa se somete a una preparación intensiva bajo mando del capitán Capablanca, un instructor español. La nueva unidad se llama “XV Bandera” y lleva el uniforme del Tercio (con arpas célticas en las solapas).

Se hizo habitual ver, cada domingo, a la bandera en formación dirigirse a la ciudad para asistir a la misa que se impartía en la iglesia de los Padres Franciscanos de Santo Domingo; El Obispo permite que durante los oficios se desplieguen el estandarte de la brigada y los banderines de las compañías.

O’Duffy no perdía ocasión para hacer un alarde de sus tropas, con presencia en todos los actos públicos que se realizaban en la ciudad de Cáceres y alrededores. Muchas procesiones contarán con la nota exótica de una Banda de gaiteros de la Legión Irlandesa.

La estancia de la XV bandera irlandesa en Cáceres no está libre de altercados, sobre todo por la afición de los irlandeses a las bebidas alcohólicas, sus salidas por la ciudad fácilmente acababan en pelea, según se puede extraer de los testimonios escritos de algunos de los propios miembros de la brigada. En una ocasión estas pendencias acabaron con el resultado de la muerte de un magrebí y varios españoles heridos, por lo que se detuvo a varios irlandeses.

Alojado en el Hotel Álvarez, el general O'Duffy supervisa el entrenamiento de su tropa cuyas condiciones de vida se esfuerza por mejorar. Acompañado por un ayudante bilingüe (el teniente de aviación Matamoros) acude regularmente a Lisboa para recoger cartas y paquetes; se ocupa también de la comida de sus hombres (poco entusiasmados por el aceite de oliva), de su recreo (conciertos dominicales), y procura que se abstengan de hacer política. Al mismo tiempo, multiplica los contactos con el vecindario a fin de asociar a su brigada con la vida de la guarnición.

En vísperas de Navidad, O'Duffy, visita los hospitales de la ciudad con una banda militar para entregar regalos a los heridos y, al día siguiente, recibe a las autoridades civiles, religiosas y militares. El día de año nuevo, el coronel Yagüe visita de improviso a la XV Bandera, y el 3 de enero, el coronel Pinillos invita a todos los oficiales de la brigada a visitar el monasterio de Guadalupe. Enarbolando banderas irlandesas, la pequeña localidad acoge de manera triunfal a los irlandeses y el Prior del monasterio les habla con mucho afecto. Algunos días después, la Bandera desfila para celebrar la toma de Málaga, y el 6 de enero, el mismo general Franco viene a pasar revista.

El 31 de enero de 1937, una ceremonia imponente señala el fin del período de instrucción. Después de una misa que celebra el Obispo en la Iglesia de Santo Domingo, el general O'Duffy descubre una placa de bronce conmemorando la estancia en Cáceres de los irlandeses. Flanqueada por los escudos de España e Irlanda, por una cruz céltica, una Virgen y tréboles.


La inscripción dice: “En honor de Dios, en honor de Irlanda y en recuerdo de la XV Bandera, brigada irlandesa del Tercio, que rezó en esta iglesia mientras servía la causa de la Fe combatiendo al lado de su antigua aliada y protectora, España”.

La placa permanece, en la actualidad, en la Iglesia de Santo Domingo de la capital cacereña.

Los voluntarios irlandeses están deseosos de entrar en combate contra los Rojos, y por fin llegan las órdenes: Deben dirigirse a Ciempozuelos, en el frente del Jarama. El 16 de febrero de 1937, los irlandeses atravesaban en formación Cáceres en dirección a la estación. La banda de gaiteros de St Mary’s de Dublín toca mientras ellos marchan con la cabezas bien altas, portando la bandera irlandesa y los colores de su estandarte – Un perro lobo de caza de color naranja sobre un prado verde esmeralda- ondeando orgullosamente al frente.

La aventura que les espera se convierte en desventura desde el principio. El viaje en tren hasta Torrijos duró veintiséis horas en vez de las cinco previstas, cuando bajaron del tren no había nadie para informarles como llegar a Valdemoro, gracias a un chiquillo que se ofreció a guiarles llegaron al destino a medianoche, por lo que no había comida disponible; y para colmo, la orden era partir a las seis de la mañana hacia el frente.

Puestos en marcha hacia Ciempozuelos (en la línea del frente), deciden abandonar el camino principal por otro secundario que ofrecía mayor cobertura. Mientras se abrían en formación de avance, divisaron tropas dirigiéndose hacia ellos. Detenidos unos en frente de otros se inicia un tiroteo durante el cual dos oficiales irlandeses y tres soldados resultan muertos más otros tantos heridos, en la tropa a la que se enfrentan también hay varias bajas. Una vez acabado el tiroteo se dan cuenta (tanto unos como otros) del grave error que han cometido, los adversarios resultan ser una unidad de voluntarios falangistas de las Islas Canarias recién llegados al frente como los irlandeses. Los falangistas habían confundido a los irlandeses con soldados rojos de las Brigadas Internacionales. El comienzo no podía ser más descorazonador.

Eoin O’Duffy se encargó de que los cuerpos de sus soldados fueran trasladados a Cáceres para darles sepultura. El funeral resultó ser, Para satisfacción de O’Duffy, uno de los de mayor asistencia de los oficiados en la ciudad. Según testimonio del propio Eoin, “los cuerpos fueron enterrados ceremoniosamente en sepulcros de la iglesia de Santo Domingo”.

Mientras la Bandera Irlandesa se encuentra en el frente se presentan una serie de problemas que hacen que finalmente se llegue al acuerdo de disolver la unidad. En ella había más de 100 voluntarios menores de 21 años cuya repatriación pidió el gobierno irlandés parece ser que presionado por el británico, a lo que accedió el de Burgos para evitar incidentes diplomáticos. Se presentan quejas contra O´Duffy por haber instaurado la censura en la correspondencia, pero lo más grave era la indisciplina que reinaba entre los irlandeses. Estos se emborrachaban con frecuencia, se agredían entre ellos e incluso llegaron a hacerlo tanto con sus oficiales como con los españoles agregados a la bandera para intentar cohesionarla y convertirla en una unidad eficaz y combativa. Incluso los propios oficiales irlandeses llegaron a las manos entre ellos y para rematar la sucesión de hechos una noche un oficial irlandés no identificado llegó a disparar contra dos oficiales españoles.

Por ello Yagüe, a la sazón jefe de los tercios legionarios, el 28 de marzo de 1937 solicita la disolución de la brigada en base a la indisciplina reinante en la unidad por la falta de mandos profesionales irlandeses, por la mala alimentación que se proporcionaba a los irlandeses por su propia intendencia y porque su eficacia militar era nula. Ahora bien, proponía que los voluntarios que quisieran permanecer en España fuesen repartidos entre las diversas banderas del Tercio y que los qué no quisieran seguir en nuestro país fuesen repatriados al suyo. O´Duffy se opone a ello y echa las culpas de lo ocurrido a los oficiales españoles, a algunos irlandeses y sobre todo a los de origen inglés. El 12 de abril, tras un incidente entre el mando de la brigada y un alférez español, Yagüe destituye al jefe irlandés y lo envía a Cáceres. Franco autoriza la disolución de la bandera.

Leandro Alonso. 2009


FUENTES

- “Luchando por Franco, voluntarios europeos al servicio de la España fascista, 1936-1939”. Judith Keene, Salvat Editores 2002.

- Manuel Pulido Mendoza, "Apuntes sobre la intervención extranjera en Extremadura y extremeños en campos de concentración nazis", Revista de Estudios Extremeños, Tomo LXIII, Núm. III, Septiembre-Diciembre, 2007, pp. 1249-1259.

- “TERCIO IRLANDÉS "LA XV BANDERA". Voluntarios Católicos Irlandeses en la Guerra de España”. http://www.requetes.com/irlanda.html


La Batalla de Villamesías (1936)

2 de agosto de 1936

El enfrentamiento armado más importante que tuvo lugar en la provincia de Cáceres durante las primeras jornadas de la guerra civil fue el conocido como «batalla de Villamesías». En ella, tropas del Regimiento Argel, ayudadas por la Guardia Civil y por las Falanges de Miajadas y Zorita, se enfrentaron a varias columnas de republicanos que iban mandadas por el Gobernador Civil de Ciudad Real. Ese fue el intento más serio de reconquistar la provincia de Cáceres que los republicanos hicieron durante los primeros embates del conflicto. Las milicias formadas por obreros y campesinos, fueron diezmadas sin compasión en una emboscada tendida cerca de Villamesías. Demostraron un fervoroso ardor patriótico, pero al carecer de una mínima preparación militar y al enfrentarse a tropas mayoritariamente profesionalizadas, su derrota fue estrepitosa.

Todo comenzó cuando el capitán de la Guardia Civil, Gómez Cantos, se negó a acatar las órdenes de las autoridades militares de Badajoz que le conminaban a permanecer fiel a la república. El capitán, junto las tropas a su mando en Villanueva de la Serena, se adhirió al levantamiento, instigado por el comandante Vázquez desde Cáceres. El pueblo fue sitiado por las milicias republicanas. Desde Miajadas se le enviaron refuerzos de la Guardia Civil y de la Falange. Este contingente de fuerzas resistió lo que pudo dentro de la población, pero su inferioridad numérica respecto a los sitiadores le forzó a abandonar la localidad el día 29 de julio. Junto con los guardias civiles, marcharon hacia Miajadas los militares del centro de reclutamiento y cerca de doscientas familias de ideología conservadora.

Las milicias de Ciudad Real mandadas por el Gobernador Civil, que habían sido las artífices de este éxito militar, decidieron entonces iniciar una ofensiva sobre la provincia de Cáceres. El plan era muy simple: consistía en avanzar hasta Miajadas y, desde allí, dirigirse a Trujillo. En este punto esperaban enlazar con refuerzos de la zona de Navalmoral para caer después sobre Cáceres. Les animaba la conquista de Villanueva y el convencimiento de que apenas encontrarían resistencia en su camino hacia la capital.

Las tropas gubernamentales avanzaron sin oposición hasta Miajadas. Allí la columna se dividió en dos; una cercó el pueblo, dentro del cual había organizado la resistencia el capitán Gómez Cantos al frente de doscientos hombres, entre guardias y falangistas. Su objetivo era tomar el pueblo, para avanzar después por la carretera de Zorita y adueñarse de esa localidad. La otra escisión de la columna originaria se dirigió, a bordo de once camiones, hacia Trujillo, a través del Puerto de Santa Cruz.

El capitán Gómez Cantos logró comunicar con el mando del Regimiento Argel, informándole del sitio del pueblo y de la existencia de vehículos blindados. Rápidamente salieron de Cáceres varias compañías del Regimiento Argel. Éstas, que llevaban montadas varias ametralladoras en lo alto de sus vehículos, se toparon con los republicanos a la altura de Villamesías. La emboscada resultó fulminante. Los milicianos fueron sorprendidos sin tener tiempo para reaccionar, y sus fuerzas fueron barridas literalmente por las ametralladoras nacionales. Aquellos que pudieron escapar del fuego cruzado huyeron en sus vehículos sin esperar a los que habían quedado en tierra. El desbarajuste republicano fue absoluto. Según el diario «Hoy» (28-8-36), las fuerzas gubernamentales sufrieron cerca de 300 muertos.

El día 4 de agosto, el general Queipo de Llano, en sus famosas charlas radiofónicas, narraba el hecho así: «Una fuerte columna de camiones atacó Zorita y Miajadas, otra columna atacó Trujillo, siendo batidos en Puerto de Santa Cruz y Villamesías por las columnas del Ejército, que les hizo más de doscientos muertos y once heridos graves (...) Se les cogió a esta fuerza 10 camiones, un coche ligero, 64 mosquetones nuevos, pistolas, gran cantidad de municiones y dos barriles de dinamita». Por el armamento capturado, se puede comprobar el alto idealismo y el escaso pertrecho militar de la columna de Ciudad Real en su intento de conquistar Cáceres. Entre los pocos hombres que pudieron escapar a la emboscada de Villamesías se encontraba el Gobernador Civil de Ciudad Real y algunos de los reporteros que lo acompañaban como corresponsales de guerra.

Una vez diezmada la milicia gubernamental, las tropas nacionales avanzaron hacia Miajadas, rompiendo el cerco de la población al atardecer del día 3 de agosto. Los republicanos se retiraron en desbandada, terminando así el sueño de conquistar Cáceres. Habría que esperar hasta mediados de agosto, cuando el general Riquelme iniciara las ofensivas de Guadalupe y Navalmoral, para asistir a un nuevo intento republicano de penetrar en la provincia. Según Queipo, en la batalla de Villamesías y en el cerco de Miajadas las tropas nacionales no sufrieron más bajas que un guardia civil muerto y otro herido, cifras que parecen genuinamente dictadas por la propaganda militar.

FUENTE:
gerracivilcc


La Batalla de Badajoz (1936)

La Batalla de Badajoz desarrollada durante la jornada del 14 de agosto de 1936, resultó en una de las victorias que se consideran de mayor trascendencia durante la Guerra Civil Española del bando golpista sublevado contra el Gobierno legítimo de la II República, ya que permitió la comunicación entre las áreas de su control del norte y sur, a la vez que aisló definitivamente del país vecino, el territorio controlado por el Gobierno republicano.

Tras la batalla, y fiel a la maldición que se cernía sobre Badajoz, escenario de tantos asedios y sitios, se desencadenó uno de los episodios más deleznables de represión y asesinatos de toda la guerra, recordando al que cien años antes habían llevado a cabo tropas inglesas en las mimas calles.


Castilblanco

Cuarenta y ocho años de silencio...

Castilblanco es diferente desde el 31 de diciembre de 1931. Un trágico suceso ocurrió aquel día invernal: cuatro guardias civiles morian en las puertas de la Casa del Pueblo en el transcurso de una manifestación de trabajadores. Sobre este suceso se han escrito muchas lineas. Gran parte de ellas a cientos de kilómetros de donde se desarrollaron los hechos. Nosotros nos desplazamos hasta alli.

En dos palabras podríamos perfectamente recoger lo que nos encontramos allí: silencio y miedo. ¿Por qué? Silencio en cada una de sus calles, en cada uno de sus 2.500 habitantes. Desde hace cuarenta y ocho años, los habitantes de Castilblanco hicieron un tácito pacto con la historia para olvidar los sangrientos hechos ocurridos en aquel punto. Lo cierto y verdad es que los ha¬bitantes de Castilblanco, después, de cuarenta y ocho años, tornan su amabilidad natural en silencio cuando les pre¬guntan sobre los sucesos acaecidos aquel último día de 1931. Y te dan la espalda. Y tú les suplicas que te con¬testen y ellos te contestan que, como naturales del lugar, les da vergüenza lo que ocurrió allí hace cuarenta y ocho años. Era la una y media de la tarde. El cielo había amanecido aquel día en Castilblanco oscuro, algo triste: debería ser el presagio de lo que horas más tarde iba a ocurrir. Desde un día antes, 30 de diciembre de 1931, reinaba en aquel pueblo pacense de la siberia extremeña una cierta intranquilidad. Habia llegado una orden desde Badajoz: la Federación de Trabajadores de la Tierra convocó, en una reunión de todo el comité ejecutivo de la provincia, una huelga general apoyada con manifestaciones en señal de protesta contra la actuación del gobernador.


Los hombres de Castilblanco no se dejaron amedrentar por las amenazas recibidas. Trescientos trabajadores salieron por las calles anchas y estrechas de Castilblanco, pobres todas, dando vivas al socialismo, a la Unión General de Trabajadores, a la República y gritando —con voz un tanto apagada por el miedo— contra los caciques. Los ma¬nifestantes llegaron hasta la Casa del Pueblo y alli acabó todo. Lo "gordo" llegaría al día siguiente.


Debido al éxito de la convocatoria de la jornada anterior, el número de manifestantes en el último dia del primer año de la segunda República española aumentó considerablemente. Casi el doble. El miedo en la conciencia del pueblo se había diluido entre el océano de muchos años, en silencio forzoso. Todos querían gritar cosas que sentían y que habían guardado en sus adentros durante años. Indudablemente, apostaron caro. Dos manifestaciones en dos dias era demasiado. El alcalde estaba indignado. Marchó al cuartelillo de la Guardia Civil. Ordenó al comandante del puesto, el cabo José Blanco, que disolviera la manifestación. Sus palabras no ofrecieron la menor duda del mensaje que entrañaban: "con un disparo que hagáis saldrán todos corriendo". (El paisano Pedro Marrupe, amigo de uno de los números con el que se encontraba hablando en el momento en que llegó el alcalde, escuchó estas órdenes, y asi lo declaró posteriormente en el Consejo de Guerra celebrado.) Sin embargo, las predicciones de Felipe Magantos, el alcalde, estaban equivo¬cadas. El disparo se produjo. La muer¬te de uno de los manifestantes, también. Pero el pueblo no salió corriendo. Tam¬poco se quedó quieto. Los guardias civiles también quedaron alli. Pero muertos. El parte de la autopsia señala¬ba que el cabo José Blanco había recibido 17 heridas. Y los números Francisco González, José Mata y Agripino Simón, 17, 20 y 16, respectivamente. En el enfrentamiento murió un paisano, Hipólito Corral, de un disparo; y otro resultó gravemente herido. Las piedras que habia en la calle Calvario para ser empedrada quedaron cubiertas de sangre.



Yo no estaba aquí...
Los datos de lo relatado hasta ahora están sacados de diferentes informaciones publicadas en periódicos del mo¬mento y, también, de las declaraciones habidas en el proceso que, dos años más tarde, se celebraría en el cuartel de Menacho, de Badajoz. El desarrollo del hecho seria recogido por los abogados defensores en un libro titulado con el nombre del pueblo. Nuestra misión hoy, cuarenta y ocho años después de ocurridos los sucesos, era esclarecer, en la medida de lo posible, todos los puntos oscuros que aún quedan sobre este sangriento episodio.

Al periodista que escribe, en sus años de profesión, no le había sucedido nada igual. En más de una ocasión topó con el clásico "personaje ostra" que guarda férreamente la joya de su información. Pero jamás se habia encontrado con todo un pueblo que no quiere hablar, "porque como natural de Castilblanco, me avergüenza recordar aquellos desa¬gradables sucesos", nos contestó uno de los interrogados. Otros, ni tan siquiera eso. De los ocho o diez viejos que nos encontramos en la silenciosa plaza del pueblo, ninguno quiso hablar. Tanto estos como el resto de los mayores a los que preguntamos qué ocurrió el 31 de diciembre en Castilblanco, estuvieron casualmente aquel día fuera: recogiendo aceituna; cazando; visitando a la no¬via que vivia en un pueblo cercano —"mi Antonia"—; y, alguno, falto de reflejos, al formularle la pregunta, tras unos segundos de titubeos, nos decía con los brazos entreabiertos y la cabeza gacha: "pues no sé, yo no sé nada. Ah, aquel día lo pasé en cama. Ya sabe us¬ted, cogiendo aceituna es fácil que se te agarre un frío en los ríñones..." Y el tono de su voz intentaba ser convin¬cente.

Un poco desesperado, penetro en una taberna. Estaba convencido de que continuar la busca resultaba inútil. Castil¬blanco parecía un enorme topo escondi¬do durante cuarenta y ocho años en su madriguera de silencio. Al abrir la puerta de la taberna, los tres viejos que hay dentro interrumpen la conversación; después, comienzan a hablar más bajo. Musitan no se qué. Miran de refilón. Entre los tres destaca uno de ellos. Sus años —ochenta y uno— han porporcionado a su aún evidente gallardía la seguridad de los muchos dias vividos. Me acerco a ellos. Saludo y ¡paf!, les disparo la pregunta. Uno de ellos se levanta inmediatamente. "Voy a desaguar." Los otros dos aguantan. Insisto. Manuel, así se llama, comienza a hablar: "...Yo* tampoco estaba aqui ese día. Pero amigos que lo vivieron me lo contaron muchas veces. En la mañana en que pasóí todo aquello yo estaba en las olivas'. Volvía al pueblo porque se me habían acabado las viandas. Unos kilómetros antes de llegar, me detuvo uno y me dijo que mejor que no me acercara por alli porque había habido follón. "Se han cargado a los guardias civiles", me dijo. "Si no tienes apaño, yo te dejo un pan." Lo que quiere saber usted es por qué salieron a la calle y por qué se produjo el follón que acabó en sangre. Salieron'a la calle porque llegó una orden de Badajoz y el presidente de la Casa del Pueblo de Castilblanco, "El Justo" (Fernández López), la transmitió aqui y se acordó salir. Por aquellos días había un cierto malestar. Según cuentan —asi lo testificaron varios de los encausados en el Consejo de Guerra del cuartel de Menacho—, unos dias antes, un grupo de jornaleros en paro se acercaron a pe¬dirle al cabo que hablara con algún "señor", para que les dieran trabajo y pa¬rece que la respuesta encrespó aún más los ánimos.

La contestación a la otra pregunta es más difícil. La mayoría de los que se manifestaron creían que la guardia civil no iba a actuar. Pues el día anterior no lo hizo. Sin embargo, el 31 de diciembre se echaron las armas al hombro y salieron. La manifestación ya había llegado a la Casa del Pueblo y, algu¬nos, ya estaban dentro y otros se disponían a marcharse a sus casas. Fue entonces cuando se presentaron los guardias civiles. Ah, se me olvidaba decir que cuando estos marchaban en busca de los manifestantes, uno del pueblo les pregunto que dónde iban tan deprisa, a lo que uno de los guardias le contestó: "vamos a donde no volveremos". Una vez que los guardias civiles llegaron al lugar, el cabo se acercó a la puerta de la Casa donde estaban los mandamás para hablar de no se qué con ellos. Quizá para detenerlos. Los otros tres guardias civiles se habían quedado atrás junto a los últimos manifestantes. Detrás de los guardias civiles había un grupo de mujeres que, al ser avisadas de que habían llegado los guardias civiles, salieron de sus casas asustadas. Sus maridos esta¬ban allí. Una de ellas, que murió hace pocos años aqui, en el pueblo, intentó llegar hasta su marido. Un guardia que pasaba muchas tardes en la taberna con los del pueblo se lo impidió empujándola un poco con el arma. Los ánimos subieron de tono y la pasión se desató. Sonó un disparo..."


Los mataron con piedras y navajas
Sobre lo sucedido a continuación no hace falta preguntarle a Manuel. La muchedumbre se abalanzó sobre los guardias sin darles tiempo a reaccionar, Era la una y media de la tarde, aproximadamente. Cinco minutos después todo había acabado. Las armas utilizadas en la agresión fueron todas las que tenían a su alcance. Sobre todo, piedras, pues la calle en la que se desarrollaron los hechos, calle del Calvario, iba a ser empedrada. Las culatas aparecieron rotas, hechas casi añicos. En total, entre los cuatro guardias civiles, recibieron más de cincuenta heridas, según el informe de la autopsia. Alguno quedó irreconocible. La masa encefálica del número Agripino quedó al descubierto. Uno de los ojos del cabo quedó fuera de su cuenca, perdiéndose; quizá pisoteado por el tumulto. Y, según cuentan las crónicas, la mano derecha del superior de los guardias civiles se encontraba, en el momento de levantar el atestado, pró¬xima a uno de los bolsillos de su pantalón, en donde, manchada por la sangre, se halló apenas legible la orden, llena de faltas de ortografía, en la que el alcalde conminaba al cabo José Blanco para que saliera a disolver la manifestación.


Consejo de guerra en Menacho
Para el fiscal aquel acto fue una sal¬vajada propia de animales asesinos, movidos por los instintos más sangrientos. En su opinión, deberían ser condenados a muerte. Los abogados Jiménez Asúa, Anselmo Trejo Gallardo, Vidarte y Rodríguez Sartre pidieron la liberación de todos sus defendidos porque "la muchedumbre realizó el hecho en situación de trastorno transitorio. Y en esta¬do de defensa propia". El 19 de julio de 1933, tras tres días de proceso, el Consejo de Guerra en que se examinaron los sucesos de Castilblanco dictó sentencia: Pedro Alvarez Bravo ("el Carrucho"), Lucio Bravo Ayuso, Hila¬rio Bermejo Corral, Domingo Ruiz Luengo ("el Gorrilla"), Wenceslao García Galán ("el Wences"), Benigno del Prado Romero y Tiburcio Pizarro Orcaja eran condenados a muerte. Otras seis personas, a cadena perpetua. Al final las penas quedaron rebajadas. Los primeros a cadena perpetua, y los segundos a veinte años de prisión.

Pero estos castigos, tanto para unos como para otros, no llegaron a cumplirse. En 1936, al ganar las elecciones el Frente Popular, quedaron libres. Manuel, nuestro interlocutor, nos contaba la llegada de los autobuses que traían a los presos "creo que del penal de Cartagena". Después de la guerra civil, los que fueron apresados murieron fusilados.

El pueblo de Castilblanco hizo un tácito pacto con el silencio para que aquellos sucesos sangrientos de diciembre de 1931 no volvieran a ser pronunciados por aquellas latitudes. Y al salir por las calles de Castilblanco para marcharnos parecía como si se fueran estrechando a medida que atravesamos cada tramo, apercibiéndonos tajantemente que nuestra presencia allí no es grata. Porque, en cierto modo, nosotros habíamos perturbado durante unas horas el "pacto del silencio" y los pactos con los "silencios históricos" no admiten coqueteos ni fal¬tas.


FUENTE: Miguel Ángel MELLADO. Región Extremeña. Marzo de 1979.


Maquis en Las Villuercas

Las Villuercas al concluir la Guerra Civil (1936 1939), se convierten en un gran de refugio donde llegan milicianos de los frentes del Tajo, Extremadura y la Mancha, sirviendo de puente para huir unos a Portugal o simplemente de refugio ocasional para unos y permanente para otros.


En 1945 quedaron organizadas dos agrupaciones de guerrilleros en Castilla la Nueva y Extremadura; la primera conocida como agrupación de Extremadura al mando del “comandante Carlos”.

(...)

Algunos “Maquis" de las Villuercas eran Joaquín Cintas alias Chaqueta Larga natural de Fuenlabrada de los Montes, agrupó numerosos huidos afines a su ideología comunista, organizando una agrupación guerrillera disciplinada que recorrió Extremadura. Se evadió a Francia en 1948.

El Más famoso "El Ino" que cuando murió tenía 33 años, estaba casado y era padre de dos hijos. Era natural de Tormes (Burgos). Miembro del Partido Comunista de España (PCE), fue guardia de asalto republicano y sirvió a la República entre 1936 y 1939 combatiendo en el frente de Madrid como comisario delegado de Compañía del Ejército de Tierra.

Tras la Guerra Civil, agrega, se alistó en la guerrilla antifranquista y sirvió como enlace y delegado político del guerrillero Carlos en la Agrupación Guerrillera de Cáceres.

En la montaña cacereña formó parte de la división 13, comandada por Joaquín Ventas Cintas "Chaqueta Larga". Su mujer, encarcelada posteriormente por sospechas de colaboración con los maquis, nunca recibió noticias del paradero de los restos de su marido, cuyo fallecimiento aún no está anotado en el Registro Civil de Cáceres.

Lugar de desaparición: en la majada de “la Artijuela”, si consultas los carteles indicativos del pueblo al que pertenece;o “la Hortiguela” si consultas la documentación de la Guardia Civil. Su muerte aparece reseñada en el “Libro de Muertos” de la Iglesia de Roturas de Cabañas, pueblo al que pertenece dicha majada; a su vez, Roturas de Cabañas , pueblo situado en un hermoso paraje entre dos montañas, aparece incluido en el término de Cabañas del Rey que pertenece a la provincia de Cáceres. También se atestigua la muerte en un documento de la Comandancia de la Guardia Civil, fechado y firmado el 16 de mayo de 1963 por el Teniente Coronel Primer Jefe de Cáceres en el que alude a la muerte del “bandolero” en enfrentamiento armado con fuerzas del propio cuerpo.

“El Ino” fue velado el 13 de noviembre en el edificio conocido por “las escuelas” por dos vecinos de la localidad; uno de ellos era Juan Suárez, abuelo de la actual administrativa del actual Ayuntamiento-instalado en el mismo edificio, Cristina. Fue enterrado el 14 de noviembre mediante un “entierro de pobre” como aparece citado en el “Libro de muertos” parroquial justo a la entrada del cementerio viejo de Roturas, para que todo el mundo pudiese “pisar la tumba del rojo” al pasar al cementerio como han confirmado los hospitalarios vecinos del pueblecito.

A día de hoy, el fallecimiento de Victorino Pereda Ortega no está anotado en el registro civil de Cáceres.

A Encarnación nunca le dijeron donde se produjo la muerte de su marido y donde estaba enterrado. Encarnación murió sin saber donde yacía el padre de sus dos primeros hijos. Su hija, Beatriz, y su nieto, no lo han sabido hasta el año 2007.
Responsables de la desaparición: Miembros del cuerpo represivo franquista de la Guardia Civil. “El Ino” murió en combate contra la Guardia Civil y somatenistas reclutados para tal fin posiblemente la noche del 12 de noviembre de 1945.

El episodio está reseñado en los tres libros citados anteriormente: páginas 379-381 (Moreno Gómez: 2001), 129-130 (Chávez Palacios: 1996), página 230 (Díaz Díaz: 2001).
Vicenta Martín, que vive actualmente en Aldeacentenera, por aquel entonces solo una niña huérfana vecina del pueblo (su padre Zoilo Martín Robledo, militante socialista, fue “paseado” por falangistas en 1936 y enterrado en el monte), conocía a “El Ino” de alguna de las incursiones de los guerrilleros en el pueblo en busca de pertrechos pudo ver el cadáver sobre unos palos cuando lo bajaron de la majada por medio de un burro. En otra ocasión vio su foto en un cuaderno de la Guardia Civil de Cáceres, cogida la cabeza barbuda por los pelos para que se le viese la cara..
Hechos de la desaparición: Gracias a una delación de José Ballesteros González “El Carretero”, desertor o infiltrado, sorprendieron en una emboscada a dos guerrilleros que se dirigieron a la majada de la “Artijuela” a pertrecharse de víveres. Los dos guerrilleros eran “El Ino” y “El Mexicano” (Alejandro Barroso Escudero). Era una noche oscura, lluviosa, tormentosa y una espesa neblina cubría la majada. En los informes de la Guardia Civil se habla de intento de secuestro, la gente del pueblo habla de recogida de alimentos; así como el superviviente de la emboscada, “Mexicano”, con el cual hablé por conferencia telefónica con Francia; ya que conocían a “los del monte” de haber bajado en más ocasiones a por alimentos. De todos modos que dos guerrilleros intenten secuestrar a un matrimonio de edad avanzada en plena tormenta no es muy creíble. Y en el cuerpo de “El Ino” se hallaron más de 2.500 pesetas, con lo que el móvil del secuestro se desvanece. Julio García, actual alcalde de Roturas, por el PSOE, cuyos abuelos eran el matrimonio anteriormente reseñado sostiene también la versión de la recogida de los alimentos. Regresando a la luctuosa noche, cuando llegaron los guerrilleros los emboscados ya los esperaban y se produjo un tiroteo que se saldó con “El Ino” muerto, un guardia civil, Román García Sánchez, gravemente herido que moriría esa misma noche en Deleitosa, “Mexicano” huido de manera casi sobrenatural y varias cabras y cerdos fallecidos por los disparos de la Benemérita.

He investigado sobre los hechos de esa noche: a través de los libros anteriormente reseñados, de la documentación encontrada (documentos de la Guardia Civil sobre la muerte de “El Ino”, registro del “Libro de muertos” parroquial del pueblo, expediente personal del Guardia Civil Román García Sánchez, donde aparece reseñada la acción que llevó a su muerte) y los testimonios orales de testigos directos (“Mexicano”) e indirectos (Satur o Saturio, Eulalio Barroso Escudero “ Carrete”); además de otras aportaciones documentales orales de vecinos y familiares de Roturas (Julio García, Cristina Suárez, Vicenta Martín, etc.

Existen dos versiones de los hechos, las cuales no difieren en lo fundamental, que voy a pasar a relatar. La primera versión es secundada por la totalidad de los vecinos de Roturas y dice así:

Hacia las 10 de la noche, bajo una copiosa lluvia y envueltos en una niebla baja y espesa los dos guerrilleros se aproximaron a la casa de la majada, la cual se encuentra en la cara oculta de la montaña. “El Mexicano” entró en la casa, “El Ino” permaneció en la puerta como centinela y un pequeño grupo guerrilleros se quedaron esperando en un molino cercano. La Guardia Civil junto con los somatenistas tenía la casa rodeada y andaban escondidos en la casa, en el cortijo, el establo y rodeaban el lugar. Un Guardia Civil abrió fuego con una ráfaga contra “El Ino” sin previo aviso y todos los guardias civiles y somatenistas empezaron a disparar entre ellos. “El Ino” cayó muerto sin enterarse de nada, “Mexicano”, salió de la casa de un salto, sobre el cuerpo de “El Ino” y huyó mientras los guardias se mataban entre ellos. Uno cayó mortalmente herido por fuego de un compañero. La versión de los vecinos de Roturas del tiroteo emana de lo que les contó el tío Matías, que estuvo presente esa noche como apoyo a los guardias civiles. Dicha versión es coincidente en muchos puntos entre las distintas voces. Aún vivía el guardia cuando Saturio, un vecino, subió a la majada como del médico, que olvidó el maletín del miedo que tenía. Allí vio el cadáver de “El Ino” y al guardia quejarse y maldecir a un compañero suyo al que acusaba de los disparos que había recibido. A “ El Ino” lo bajaron de la finca, en la montaña, al pueblo entre dos bestias y dos haces de leña: Mientras que al moribundo guardia en una escalera. Fue velado en Retamosa. “ El Ino” fue llevado a las “Escuelas” en Roturas, donde el ama del cura pidió prenderle fuego, el capitán de la Guardia Civil se negó a ello aduciendo que si algo debía ya lo había pagado y el cura decidió darle sepultura por que quizás era creyente. Le estuvieron velando toda la noche, de su espalda, cosido en la chaqueta, encontraron 2.500 Pts por indicación del otro confidente “Lobo” que alertó a los guardias que Ino guardaba la documentación en la espalda.

La segunda versión, de “Mexicano” aporta nuevos datos: Fueron cinco guerrilleros a la finca, tres se quedaron en las inmediaciones y “ El Ino” y el propio “Mexicano” se acercaron a la casa; “Mexicano” entró en ella mientras que “El Ino” se permaneció como centinela. La casa estaba a oscuras y “Mexicano” habló con el matrimonio; les preguntó por qué estaban todas las luces apagadas y le respondieron que se iban a acostar. Entonces encendió un fósforo, vio a un guardia civil en la habitación y comenzaron los disparos. “Ino”, apostado en la puerta disparó contra el guardia civil que iba abrir fuego sobre “Mexicano”; ambos se dispararon a quemarropa. “Mexicano” logró saltar sobre “Ino”, ya caído, y a pesar de las ráfagas logró escapar. “Mexicano” sostiene que la acción de “El Ino” le salvó la vida.
Conclusiones: De esto se deduce que o bien, hubo un guardia civil muerto por fuego amigo aquella noche y otro herido por los disparos de “El Ino”. O bien que solo hubo un herido entre los guardias civiles que posteriormente murió a consecuencia de las heridas y que fue “El Ino” el que le disparó; y por la confusión reinante se pensó que fueron los propios guardias civiles. En el expediente personal del guardia civil muerto, Román García Sánchez se cita al menos dos heridas de bala. “El Ino” que llevaba un fusil solo pudo disparar una vez, según versión de “Mexicano”; su cadáver presentaba una hilera de disparos, como una diadema, alrededor del pecho, con lo que se puede concluir que murió en el acto victima de una ráfaga de metralleta. Aún se conserva la puerta de entrada a la casa de la majada en la que se pueden apreciar una hilera de orificios provocados por disparos de bala. Esto concuerda con la ráfaga que causó la muerte a “El Ino”. Por tanto, a la espera, de nuevas aportaciones, mi hipótesis es la siguiente: el guardia civil muerto, fue herido primeramente por “El Ino” y posteriormente por sus compañeros, no sabiendo qué disparó fue el mortal.

Un camarada de partido de “El Ino”, meses después del enfrentamiento visitó a Encarnación y le dijo que su marido murió combatiendo y que abatió a dos guardias civiles antes de caer muerto. Esta versión de momento no está contrastada.


FUENTE: elhombredelastierrasaltas