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Ibn Marwan

Ibn Marwan es una de esas figuras señeras e irrepetibles de los fastos de la Extremadura musulmana que, junto a las de Mahmüd, al-Muzaffar, al-Mutawakkil o Geraldo Sem Pavor, componen ese intrépido y monumental retablo histórico de nuestros hazañosos siglos medievales.



Abd al-Rahman b. Muhammad b. Marwan, fundador de Badajoz y artífice de su capitalidad, sin cuyo antecedente no se hubiera producido como eje del reino aftasí —génesis de una concepción geohistórica cuyas contingencias políticas sobrevivirían permanentes— aparece, con su silueta errante y legendaria, como uno de esos hombres dramáticos que el destino coloca en el mágico e ininteligible juego de la historia: tal es la importancia que damos a nuestro personaje. Y lo hacemos convencidos de que, al escribir historia, estamos valorando no sólo unos acontecimientos —necesarios siempre a la primera persona del discurso— sino a sus resultados, no tan solo inmediatos sino futuros, porque esos son los que, en un encaro planetario de la historia, permiten que esta sea entendida en su más asombroso mensaje.

Dozy, que llamó a Ibn Marwan renegat audacieux, le dedicó algunas sabrosas páginas de su Histoire des musulmans d'Espagne; Codera hizo un detallado y completo resumen de sus hechos y su familia en su opúsculo Los Benimeruan en Mérida y Badajoz; Lévi-Provençal ajustó sus hazañas en su Historia de la España Musulmana utilizando pasajes inéditos de Ibn Hayyan; Sánchez Albornoz le dedicó dos densos y apretados capítulos de su obra El Reino de Asturias; Isidro de las Cagigas ofreció tensos pasajes de sus Mozárabes; el profesor cairota Makki, en su edición del Muqtabis II de Ibn Hayyan, aclaró en sus notas textuales algunos aspectos históricos y biográficos, y anunció un específico ensayo sobre la revolución del muladí en Orientalia Hispánica. Los cronistas musulmanes Ibn al-Qütiyya, Ibncldari, Ibn al-Atlr, Ibn Jaldün, Ibn Hayyan, nos han dejado completos y suficientes relatos sobre las vicisitudes de los Banü Marwán los que, con el aprovechamiento de los textos de Ibn Hayyan no traducidos aún, nos permiten ajustar no poco los movimientos y escenarios por donde el intrépido cabecilla anduvo. No contamos, empero, por estar desaparecida, con la crónica dedicada a nuestro personaje por al-iRazi, contemporáneo de los Banü Marwan, de la que da cumplida noticia la Risála fl fací al-Andhlus de Ibn Hazm. Algunas noticias escuetas de los acontecimientos nos dieron los cronistas cristianos: el Albeldense, el Chronicon Lusitano, el de Sampiro y Ximénez de Rada.

Los cronistas y autores llaman a Ibn Marwan, al-Yilliql, es decir el gallego. Al-Dabbi señala que Ibn Marwan era hijo de Marwan al-Yilllql nombre que tomó de su país, lo cual no quiere decir que Ibn Marwan fuera oriundo de lo que hoy conocemos por Galicia, pues si los geógrafos musulmanes nunca llegaron a distinguir netamente Galicia, los historiadores árabes incluyen bajo la denominación de Yilllqíyya tanto a Galicia como Asturias y el reino de León. Por tanto, lo que viene a significar todo esto es que el más próximo ancestro, en todo caso, de nuestro personaje procedía de los reinos cristianos. Se ha entendido por algunos historiadores que el hecho de que apareciera en Marida un primer Yilllql, impide que tal apodo recayera en nuestro Ibn Marwan por su alianza con el asturiano Alfonso III. Ya Dozy, y más tarde Simonet hicieron esta acotación, mientras Codera había hecho la otra; el historiador badajocense Martínez y Martínez se guió de Dozy, y tuvo a mano una nota posterior de Codera, proporcionada por Saavedra que le hizo rectificar. Pero en este punto, a pesar de todo y de lo contradictorio que pueda resultar su texto, Ibn Jaldun lo expresó con una claridad tajante en un texto que viene a decir, tras la sublevación de Ibn Marwan en el 868, que al efectuarse —por el emir Muhammad— una expedición militar contra los gallegos, uniéronseles los muladíes (a Ibn Marwan) con quienes se dirigió a la frontera y pactó con Alfonso III, rey de dichos gallegos, causa por la cual a Ibn Marwan se le aplicó el apodo de el Gallego. El otro sobrenombre, al-Maridí, evidencia que era de Mérida. Desde tiempos atrás debió establecerse en esta ciudad su familia, oriunda, sin duda, de los pagos cristianos del Norte de Portugal, o de cualquier otro espacio de los reinos de León o Asturias.


Ibn Marwan al Yilllql era un muwallad, un muladí, es decir un renegado de su religión que, mediado el siglo IX, vivía en Mérida y al que, bien pronto, debió brotarle ese sentimiento de rebeldía e independencia que centelleaba en el alma tensa y abrupta de los extremeños. Volvería con él, nunca fue olvidado, ese dramático nacionalismo de raza y paisaje que alentaba en el miajón de los terruños del Guadiana, y que reverdecía en inversa proporción a las represiones omeyas; Cagigas compara el sentido patriótico de la sublevación de Marwan, de cuño nacionalista, con aquel que presidió la postura de Suintila o los mozárabes toledanos. Encontraba Ibn Marwan una vez más en Mérida esa población abigarrada de beréberes levantiscos, muladíes aventureros, judíos cosmopolitas y mozárabes cuyo hispanismo se mantenía llameante. Supo el intrépido caudillo aprovechar los arraigados nudos religiosos de cada facción y mixturarlos en una urgente y maniobrera combinación política. Codera al que siguieron Cotarelo y Martínez y Martínez, uncido este más literalmente a Simonet, señaló unos posibles yerros de Dozy continuados por Simonet que rectificó enseguida, al interpretar pasajes de Ibncldarl e Ibn Hayyan según los cuales nuestro personaje predicó entre sus adeptos, para conseguir sus fines, una nueva religión, término medio entre islamismo y cristianismo.

No podemos, a la luz de nuestras fuentes cronísticas, precisar con justeza la frontera religiosa flanqueada por Ibn Marwan entre secuaces de tan dispares convicciones. Pero no dudamos en que el muladí emeritense hubo de apoyarse en compleja base político-religiosa que permitiera una cohesión suficiente para asegurar sus difíciles éxitos. Tal fuerza de cohesión es señalada por los propios cronistas: los graves acontecimientos dentro del Islam que dice Ibn al-Qütiyya no parecen indicar otra cosa. Isidro de las Cagigas más recientemente resucitó el tema, afirmando esta iniciativa y actividad religiosa a la vista de la configuración ideológica de aquel tiempo, lleno de indecisiones y errores heréticos, confundidos y mezclados entre musulmanes y cristianos; ensayos y reformas hoy disparatados, no se tenían entonces por tales. Prueba concluyente del coherente movimiento de Ibn Marwan fue la larga duración de su principado a pesar de las violentas represiones omeyas.

Es indudable que uno de los grandes apoyos del bravo muladí, el que era un neomusulmán, un muwallad, fueron precisamente los cristianos. Veremos más adelante como cristaliza este apoyo. No sólo se sirvió de ellos en sus filas sino que además se alió con Alfonso III y llegó a combatir a su lado. Esa es la razón por la que Ibn Hayyan escribía que se alejó de las filas musulmanas para entrar en las de los cristianos. Prefirió su amistad y su alianza a la de los fieles que se dirigen en sus oraciones hacia la qiblah..., para añadir seguidamente este texto expresamente significativo: su política estaba orientada en sentido netamente español, es decir, daba preferencia a los muladíes y los prefería a los árabes. Quedan así ratificadas las palabras de Ibn al-Qütiyya de que llegó a ser el jefe de los renegados en el Occidente. Pero Ibn Marwan se acomodó, no obstante, a los cambios oportunos. Cuando obtuvo licencia para reedificar Badajoz se pasó otra vez a las filas islámicas y luego volvió a la rebeldía.

Los cronistas musulmanes nos ofrecen un duro y expresivo retrato de nuestro personaje, pasado, naturalmente, por filtros no poco parciales. Pero sus textos descubren la energía, el talante guerrillero, la astucia y sagacidad de un hombre que había de batirse errante y a diario, ora atrincherado en los baluartes roqueros de la Baja Extremadura, ora en correrías desatadas por los ásperos caminos andaluces, con un enemigo poderoso e implacable. Ibn al-Qütiyya dice que era agudo, artero y perspicaz para la guerra en tal extremo que no había quien le aventajase; Ibn Hayyan le calificó de una malignidad tan insuperable que cualquiera podía gemir ante su mirada, y en otro pasaje que tenía fama de caudillo temible, sus noticias eran muy celebradas y sus ataques dejaron un saldo desfavorable en su conjunto. Sus actos crueles le valieron gran reputación y respeto entre los emires sus rivales, que terminaron por colocarle por encima de ellos.


FUENTE: Manuel Terrón Albarrán. Extremadura Musulmana

Aftasidas

Con el paso del tiempo, cuentan que volvió la luz y la poesía a la tierra de los ríos. Y las riberas se hicieron jardines, almunias, y las murallas arcos de herradura, Badajoz, y el país se hizo paisaje Al Asnam, horizonte, La Serena, y versos evorenses, Ibn Abdoun.

Resonaron tambores, y dicen que del norte vinieron ejércitos con cruces y arietes, y llamaron santa a la guerra, y los poetas se hicieron soldados. Sagrajas. Y aunque el verso y la luna se impusieron a la cruz de los ejércitos del norte, volvió la noche oscura, la larga noche oscura.


[Texto provisional]

Entre los años 1022 a 1094 el antiguo territorio lusitano se convirtió en el solar, casa y reino de los aftasidas.



El Reino de Badajoz, o la Taifa de Badajoz apareció a finales del siglo X y comienzos de siglo XI.

Antecedentes
La ciudad de Badajoz, fundada por Ibn Marwan en el 875, y los territorios que dependían de ella, mantuvieron durante el principio de su época una cierta independencia y luchas constantes con el poder central de Córdoba, hasta el siglo X en que la ciudad pasó a ser dominada por el Califato de Córdoba.

Primera taifa
La primera Taifa de Badajoz se creó en el año 1013, tras la desintegración del Califato de Córdoba, por el liberto eslavo Sabur 1013-1022, antiguo esclavo de Al-Hakhem II. La Taifa dominó gran parte de la antigua Lusitania, incluida Mérida y Lisboa.

Al morir Sabur en 1022, y a pesar de tener dos hijos, le sucedió en el poder su Visir, Abdallah ibn al-Aftas, bereber pero de origen andalusí, que no respetó la herencia de Sabur. Los hijos de Sabur huyeron a Lisboa, donde se hicieron fuertes creando la Taifa de Lisboa, que cayó al poco tiempo al ser reconquistada por la de Badajoz. Abdallah creó su propia dinastía, los Aftasíes, sucediéndole hasta cuatro de sus miembros.

Tras la muerte de Abu Bekr, estalló la guerra civil entre sus hijos, Yahya y Abu. La victoria sería para este último. Combatiría junto a los almorávides contra las tropas cristianas en la batalla de Zalaca (Sagrajas), acontecida muy cerca de Badajoz. Tras la victoria de las huestes musulmanas, y viendo que los almorávides deseaban el poder, se alía con Alfonso VI. En el año 1094 los almorávides ocuparon Badajoz y le mataron junto a dos de sus hijos. Uno de sus hijos consiguió huir, primero a Montánchez y luego junto a Alfonso VI.

Tras la invasión almorávide, desaparecería la primera Taifa de Badajoz.


Emires
Sabur: 1013-1022 (regidor eslavo).

Aben Muhammad Aben Maslama ben Abdallah Ibn el-Aftas: 1022-1045 (dinastía aftasida) (Al-Mansur I de Badajoz)

Entre los años 1027 y 1034, Al-Mansur I perdió el poder de la Taifa, que pasó a manos de la Taifa de Sevilla; en el año 1034 restaura su poder y gobierna por segunda vez).

Abu Bekr Muhammad al-Mudaffar: 1045-1067 (Modafar I de Badajoz) (dinastía aftasida)

Yahya ben Muhammad al-Mansur: 1067-1073/1079 (Al-Mansur II de Badajoz) (dinastía aftasida)

Abu Muhammad Omar al-Muttawakil ben al-Mudaffar[1] : 1073/1079-1094 (dinastía aftasida) En el año 1094 pierde el poder en manos de los almorávides, que controlarían la taifa hasta el año 1144.

Segunda taifa
La segunda Taifa apenas duró diez años, durante los cuales se sucedieron dos gobernantes: Aben Hacham y Sidrey. Este periodo terminaría con el advenimiento al poder de los almohades.


Emires
Aben Hacham: 1144-1145.
Controlado por la Taifa de Al-Gharbia (Algarve) 1145-1146.
Sidrey 1146-1151
Dominio almohade: 1151-1169

Control portugués: 1169-1170

Dominio almohade: 1170-1227



> El epitafio perdido de Al-Mansur

La Batalla de Sagrajas

...las llanuras del norte de Badajoz fueron escenario de una gran batalla entre cristianos y musulmanes. El encuentro de Zallaqa, o Sagrajas, el 23 de octubre de 1086, supuso la primera lucha de la Edad Media en la Península Ibérica. Por primera vez cristianos y musulmanes medían sus fuerzas partiendo de unas condiciones de relativa igualdad: era equiparable, al menos en teoría, la capacidad militar de los dos ejércitos y parejo, en fin, era el ímpetu y el arrojo de que hacían gala sus respectivos caudillos.

En efecto, el rey cristiano había culminado con éxito hacía unos meses sus campañas de presión sobre los reinos de taifas. Paralelamente, Yusuf Ibn Tasufin, el emir almorávide, había protagonizado una marcha imparable por el norte de Africa en la que fueron hitos destacados las conquistas de Tánger (1077), Tremecén (1081) y, al fin, Ceuta (1084). Desde junio de 1086, las tropas de Yusuf iniciaron el paso del Estrecho para proseguir, hacia el final del verano, su marcha hacia el Guadiana.

Las noticias de la llegada de las imparables fuerzas almorávides, reforzadas en camino por las tropas malagueñas de Abd Allah, el rey zirí de Granada y los auxilios del monarca sevillano al-Mutamid obligó a Alfonso VI a levantar el sitio que mantenía sobre Zaragoza, movilizar a un ejército de unos cincuenta mil hombres, e ir al inevitable enfrentamiento con las huestes musulmanas. Abd Allah refiere en sus Memorias que las tropas musulmanas debieron concentrarse en Badajoz antes que las cristianas, instalándose delante de la ciudad en espera de que el enemigo viniera a su encuentro.

Los albores de la jornada del viernes 23 de octubre de 1086 iluminaron la primera escena de una tragedia que se iba a prolongar hasta el anochecer, sembrando de muertos y heridos las llanuras entre el Gévora y el Guadiana. Antes de las primeras luces, los batallones cristianos se lanzaron por sorpresa sobre los campamentos musulmanes. Las fuentes musulmanas coinciden en calificar de alevoso el ataque de Alfonso VI, por el hecho de ser viernes aquella jornada, día santo para el Islam.

Una celada, dirigida por el propio emir, atacó el campamento alfonsino y sentenció la batalla. Los cristianos huyeron en desbandada. Sólo unos cuantos quedaron en torno al rey que, herido, tuvo que emprender una penosa retirada. Despejado momentáneamente el campo cristiano, los almorávides mudaron su atención hacia los frágiles reinos de al-Andalus, de los que no tardaron en apoderarse.

FUENTE:
legadoandalusi.es


La Munya de Badajoz

El Collar Aftasí
Don Emilio García Gómez, nuestro insigne arabista, accede, generosamente, a la petición que hace pocos días le hice en una de las sesiones de la Academia de la Historia: darnos, como ha hecho, un poema árabe de un poeta de Badajoz con su traducción, y en autógrafo suyo, para ALMINAR.

Son los versos de Abú-l-Hassan Muhammad b. Said b. Abd al- Aziz al-Qabturnuh que, junto con sus hermanos Abu Bakr y Muhammad, floreció en nuestra ciudad a los finales del siglo XI en la Corte del último aftasí, el excelso y malaventurado Umar al-Mutawakkil. Los tres hermanos fueron poetas, palaciegos, ricos e influyentes. Quizás su apodo Qabturnuh atesore viejas raíces iberas, quizás se hilvane con voces latinas que, Significando «cabeza redonda» (clásico caput, medieval torno, cómodos progenitores del arabizado Qabfurnuh) o «vuelve cabezas» que hace años propusiera don Emilio, usaban coloquialmente los mozárabes. Pero sólo Alá, en su omnipotente sapiencia, debe conocer de dónde les vino el burlesco y expresivo remoquete.






El dístico de al-Qabtürnuh cruzó todas las antologías. AI-Mutamid, el rey - poeta de la taifa sevillana se los sabía a través del Qabturnuh mayor, y el día de Sagrajas, recordando a su hijo Abú Hasim, los recitaba, ardoroso, en el fragor polvoriento del combate. Junto al Gévora, florido de adelfas, el rey sevillano podía abrazar a su gusto las lanzas de los legionarios de Castilla, violentas y embravecidas, mientras tronaba el tambor almoravid.

Aquel Badajoz del siglo XI, capital del reino, se convirtió en áulica corte, agora de sabios, palenque de poetas, ciudad de fiestas y saraos. Umar había construido una munya junto al Guadiana colmada de jardines, con altas palmeras y sonoras fuentes ocultas.

Le puso por nombre al-Badia que en árabe significa la soberbia, la maravillosa. Allí se rodeó de poetas, efebos y cantoras. En el plenilunio primaveral, en las anchas noches del estío, olorosas a parvas y al húmedo frescor del Guadiana, corría el vino, se cantaba el verso; las veladas en al-Badia se prolongaban interminables.

Los cronistas musulmanes nos legaron sabrosos testimonios de los poetas y del ambiente del Badajoz aftasí. Al-Maqqari recoge variadas noticias de las fiestas en la munya, de los poetas que intervenían y de los versos del propio rey. Ibn al-Abbar refiere el viaje de Umar acompañado del poeta Ibn Abdún a Santarem para ver al cantor de Alcabideche, Ibn Muqana y los convites y fiestas poéticas celebradas en la hermosa ciudad del Tajo. Al-Fath al Jaqan nos da amplias referencias de estos viajes y de los días felices de la corte aftasí.

Una legión de poetas había en Badajoz cantando bajo los cielos altos y limpios de la ciudad, que cruzan parsimoniosas las cigüeñas, junto a los vergeles de su alfoz y las palmeras al alinde del viejo Guadiana.

De los tres Qabturnuh, Abu Bakr era sin duda el mejor. En sonoros versos pidió a Umar el regalo de un halcón, y en otros invitaba a sus amigos a gozar de lugares deliciosos, del vino y el perfume. Era el más rico, y secretario del propio Rey.

Ibn Yaj cantó la despedida de la amada y no satisfecho en Badajoz pasó a la corte sevillana de al-Mutamid. Ibn Quzman aunque originario de Córdoba fue también secretario del Rey al-Mutawakkil.

Ibn Abdun quizás el más excelso de todos, el de mayor gloria de las antologías. Era oriundo de Évora, la bella ciudad portuguesa, perla del collar aftasí.

Trabó gran amistad con Umar cuando éste era gobernador de aquella ciudad y luego fue su secretario en la corte de Badajoz. Tenía una memoria impresionante, recitaba sin perder líneas el Kitab al-Agani, inmenso tesoro de tradiciones, cantos y versos de los antiguos árabes.

Su poema de mayor celebridad fue la qasida al-Bassama, también llamada por su nombre la qasida abduna, en donde canta el final trágico de los aftasíes a manos de los almorávides. Los musulmanes consideran el poema como pieza maestra y los cronistas vertieron sobre ella inmensos elogios. Abd al-Wahid al-Marrakusi decía que era perla virgen, superior a la poesía y mayor que la magia.

La victoria de Sagrajas marcó el final de las taifas, engullidas, a poco, por los duros almorávides. Badajoz se entregó y Umar al-Mutawakkil fue destronado. Una tarde de primavera de 1095 en que estallaban las rojas rosas de al-Badia, y los lirios del Guadiana tapizaban floridos las laderas del alcázar, Umar fue conducido camino de Sevilla. Tras las almenas de las altas torres, Umar veía hundirse el sol como también para siempre se hundían las fiestas y los versos de su Badajoz amado. Era la última, la mejor de sus nostalgias, esa nostalgia que parece flotar aún, misteriosa e inconsútil, en las noches rumorosas del Guadiana.

A la vera del Rivillas paró la comitiva y un esbirro del general Sir b. Abu Bakr le decapitó.

FUENTE: Manuel Terrón Albarrán. Alminar. Mayo 1979.

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Junto a la densa historia política de Badajoz durante los siglos XI al XIII, transcurre una igualmente caudalosa corriente cultural, fruto de su vitalidad urbana. La capital aftasí brilló como uno de los principales focos de la cultura andaluza, representando el modelo cortesano de la España del siglo XI. La protección dispensada a sabios y poetas por los soberanos al-Muzaffar y al-Mutawakkil propiciaron una etapa de particular esplendor. La nómina de figuras de la época es extensa: el poeta analfabeto Ibn Yaj; el poeta de Denia Ibn Labbana, autor de sublimes composiciones dedicadas al rey sevillano al-Mutamid o Ibn Abdun, el poeta excelso de la corte aftasí, nacido en Evora.

También hay que citar al filósofo Ibn al-Sid al Batalyawsi, cuyo Libro de los Cercos, Kitab al-Hadaiq es el primer intento llevado a cabo en al-Andalus de armonizar la teología islámica con el pensamiento griego.

FUENTE:

legadoandalusi.es


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> El Jardín de la Galera, la Munya de Badajoz

Jalonados por la Torre de Espantaperros o del Aplendiz, la Plaza Alta, la puerta de Merida y las murrallas de la Alcazaba, se encuentran los Jardines árabes de la Galera que datan del siglo X.



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Entre el 1031 y el 1091 el reino de Badajoz será uno de los más extensos y poderosos de la península, abriéndose un apasionante periodo de intrigas, luchas y pactos con los reyes de Sevilla, Toledo, Córdoba... además de con los monarcas cristianos. Durante el reinado de Al-Mudaffar, el reino de Badajoz se hizo famoso también por el cultivo de las Letras y de las Ciencias, existiendo una gran biblioteca en el Alcázar pacense y reuniéndose en su corte gran número de sabios y literatos. En estos momentos se escribe en nuestra ciudad la mayor Enciclopedia de Ciencias y Arte de la época musulmana en España, que contenía 50 volúmenes. Además de este monarca hay que citar también a Jaya (al- Manzar) y a Abu-Mohammad Dmar.

Durante la dinastía Aftasida se podrían citar también a destacados Visires, poetas, como Abu Zaid y Ibn Abdum; gramáticos como al Alam y Abu Bequer-Acin y como teólogos a ibni-Mokana.

FUENTE:
enciclopedia.us.es



Al Mutawakil



Último rey de la taifa de Badajoz, nacido hacia 1045 y asesinado en las cercanías de Badajoz hacia 1094. Su reinado conoció prósperas épocas de paz, seguidas del enfrentamiento contra el expansionismo castellano de Alfonso VI. Tras la llegada a la Península de los almorávides, la taifa de Badajoz, como otras, fue anexionada al imperio norteafricano.



Hijo de Muhammad al-Muzaffar, fue nombrado gobernador de Evora y aún en vida de su padre gobernó las comarcas occidentales del reino aftásida y las orientales desde Coria a Sierra Morena. A la muerte de su padre en 1068 se declaró independiente, mientras que el reino de Badajoz pasaba a su hermano Yahya, que se titulaba al-Mansur bi-Allah.

En octubre de aquel año el reino de Badajoz se vio atacado por Alfonso VI de Castilla ante la negativa de Yahya de pagar más tributos al rey cristiano, aduciendo que las parias debían ser soportadas también por Omar. Yahya pidió ayuda a los Banu Di n-Nun de Toledo y nombró heredero de su reino a Abul Hassan Yahya ibn Ismail, excluyendo así a Omar de la herencia de al-Muzaffar. Omar buscó el apoyo de Abul Qasim Muhammad ibn Abbad de Sevilla, comenzando así una guerra que según las crónicas dejó Badajoz devastada y a sus habitantes en la miseria.
La guerra sólo se detuvo tras la repentina muerte de Yahya hacia 1072, momento en que Omar devino soberano del reino aftásida de Badajoz y adoptó el título de al-Mutawakkil ala-Llah ('el que sólo confía en Dios') -que ya había usado en las monedas emitidas desde 1068-. Se instaló en Badajoz, donde trasladó la ceca y nombró gobernador de Evora a su hijo al-Abbas. Entre 1072 y 1079 se desarrolló un intenso movimiento cultural en Badajoz bajo el mecenazgo de al-Mutawakkil, que reunió en la ciudad a la élite literaria andalusí.

Nombró visir a Abd al-Rahman ibn Sahir, exiliado de Sevilla y que había participado en las negociaciones entre Omar y Yahya, desarrolladas inmediatamente después de la muerte de al-Muzaffar; también dio el mismo cargo a Ibn al-Hadrami, a quien más tarde destituyó por la ineficacia que alcanzó la administración y las frecuentes quejas de los súbditos referentes a su arrogancia e injusticia.



Tras su destitución no volvió a nombrar visir alguno y se hizo cargo personalmente del los asuntos de estado. Las crónicas hablan de una sublevación en Lisboa sin precisar la fecha, que al-Mutawakkil resolvió concediendo su gobierno a Ibn Jira, a quien envió a la ciudad con una retórica carta dirigida a los lisboetas; cuando la situación se calmó, Omar privó a Ibn Jira de su gobierno.



En 1079 Alfonso VI conquistó Coria, con lo que el reino aftásida perdió una de sus plazas más estratégicas. Un año después la presión cristiana era insostenible para el reino de Toledo y al-Mutawakkil envió a la ciudad a su ministro Ibn al-Kallas. Los sectores más intransigentes de Toledo instaron al monarca aftásida a que expulsara de la ciudad al débil Yahya ibn Ismail y tomase él mismo el gobierno, como medio de evitar la conquista cristiana; Omar entró en la ciudad en junio de 1080 y permaneció en ella hasta abril del año siguiente, regresando a Badajoz ante la imposibilidad de establecer un gobierno efectivo sobre el extenso reino de Toledo y de enfrentarse a las cada vez más poderosas fuerzas cristianas. En realidad al-Mutawakkil no gastó esfuerzos en reforzar las defensas de la ciudad y, al contrario, dedicó su estancia en Toledo a disfrutar de los placeres, tal como ya vivía en la corte de Badajoz, y a su marcha llevó consigo los tesoros del alcázar toledano que habían pertenecido a Yahya ibn Ismail.



En 1086 Omar al-Mutawakkil fue uno de los principales promotores de la llamada a los almorávides para salvar la situación de Al-Andalus frente al empuje de Alfonso VI, que el año anterior había conquistado Toledo. El rey de Badajoz, en una carta al emir almorávide Yusuf ibn Tashufin, expresó la desesperación de los demás reyes taifas y le urgió para que viniese a combatir a los cristianos. Omar encargó a su caid Abu al-Walid que se reuniese con los distintos qwwad andalusíes para tomar decisiones y que posteriormente cruzase el Estrecho para solicitar del walí de Ceuta la utilización de sus puertos para embarcar tropas expedicionarias. Después al-Mutawakkil envió a Ibn Muqana para la reunión de qwwad convocada por Muhammad ibn Abbad de Sevilla tras la cual pasaron a África para entrevistarse con el emir almorávide.

Los almorávides llegaron a Al-Andalus el 30 de junio de 1086 y se dirigieron hacia Badajoz para enfrentarse a las tropas de Alfonso VI. La batalla de Sagrajas tuvo lugar el 23 de octubre de 1086 en las proximidades de Badajoz y en ella el ejército castellano fue duramente derrotado. EL resultado de la batalla cambió el curso de los acontecimientos en Al-Andalus: tras la victoria, los almorávides comenzaron a anexionarse los distintos reinos de taifas. Entre 1090 y 1092 caían en la órbita almorávide los reinos de Granada, Córdoba, Sevilla y otras pequeñas taifas del Sur y el Levante peninsular.



Al-Mutawakkil intentó salvar la soberanía sobre su reino a través de un doble juego en el que, mientras que presentaba sus felicitaciones a Yusuf ibn Tashufin por la toma de Granada y colaboraba con los almorávides en la conquista de Sevilla, pedía ayuda a Alfonso VI a cambio de las plazas de Lisboa, Cintra y Santarem; el rey castellano tomó posesión de estas ciudades en mayo de 1093.

Este hecho hizo perder la popularidad al monarca aftásida y la población de Badajoz solicitó la concurrencia de los almorávides como medio de salvar el reino para el islám. La ciudad no fue tomada, sino que al-Mutawakkil y su familia fueron prendidos y encarcelados. Más tarde fue ejecutado junto con sus hijos al-Fadl y al-Abbas bajo la acusación de haber colaborado con los cristianos. Los cronistas musulmanes discrepan sobre la fecha de estos sucesos.

Además de los mencionados al-Fadl y al-Abbas, Omar al-Mutawakkil tuvo al menos otro hijo, al-Mansur, que se pasó al bando cristiano al final de los días del reino de Badajoz. Omar fue un hombre extremadamente culto, que hizo construir en su residencia -tanto en la de Badajoz como en la de Toledo, en el corto tiempo en que permaneció allí- munias o jardines de recreo en los que se cultivaban todas las artes de la literatura y especialmente la poesía. En la corte del rey de Badajoz se encontraron poetas de la talla de Ibn Yaj, Ibn Muqana, los hermanos al-Qabturnu o filósofos como Ibn al-Sid al-Batalyawsi o al-Bayí.


Extraído de Biografías y Vidas